Martes 13 DE Noviembre DE 2018
La Columna

El empelotamiento como protesta

follarismos

— Raúl de la Horra
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Este miércoles 19 de octubre hubo una protesta mundial (o cuando menos latinoamericana) contra la violencia de género y contra el feminicidio. En Guatemala, el punto culminante estuvo representado al anochecer por la performance de dos chicas que se desnudaron frente al Palacio Nacional y, rodeadas por algunas docenas de personas, lanzaron consignas y exclamaciones desde una tarima contra la violencia de la que son objeto todas las mujeres. Por supuesto, el hecho se extendió de inmediato como reguero de pólvora en las redes sociales, suscitando comentarios tanto a favor como en contra, y como no podía faltar, algunas personas denunciaron las imágenes, y Facebook censuró aquellas en las que aparecían sus pezones (¡?).

Vi una parte del acto a través de las redes sociales y, a decir verdad, ni escuché lo que las chicas gritaban, porque mi atención se detuvo automáticamente en la admiración de sus cuerpos jóvenes y esbeltos. No soy ningún puritano, y la desnudez me parece algo hermoso y sano toda vez que se lleve con naturalidad (es decir, sin forzamientos) y en los contextos ad-hoc, o cuando se la utiliza con propósitos estéticos, lúdicos o humorísticos. Sin embargo, me parece retorcida y forzada cuando adopta visos artificialmente dramáticos que al final fomentan más bien el “voyerismo” y desvirtúan o volatilizan el mensaje que se quería transmitir (el medio se convierte en fin). Para el caso, quizás habría sido más interesante y eficaz que se desnudaran un montón de mujeres, viejas y jóvenes, gordas y flacas, guapas y menos guapas, como en las fotos del famoso artista estadounidense Spencer Tunick, y no solamente dos ingenuas y solitarias jovencitas perdidas en la inmensidad de la plaza, e invocaran todas juntas la sacralidad del cuerpo.

Lo cual plantea un problema sobre el que nuestras activistas y activistos de orientaciones ideológicas diversas jamás han reflexionado: que no bastan los buenos deseos para conseguir los efectos que se buscan. Incluso se puede hacer algo muy bien, pero sus resultados ser un fracaso, como sucedió cuando una famosa marca de café de Nicaragua le encargó un anuncio a una empresa chapina, y esta hizo un excelente spot publicitario que resultó un fiasco porque no tomó en consideración la idiosincrasia y la realidad nicaragüenses. Y todo, por ese maldito “amateurismo” chapín marcado por la falta de conocimientos (psicológicos y antropológicos, entre otros) y por la correspondiente ingenuidad que confirma casi cada día, en todos los ámbitos, que el famoso camino al infierno está tapizado de buenas intenciones (valga nuestro país entero como ejemplo).

Para aquellos que quieran pasar del “amateurismo” insubstancial a un militantismo eficaz, o que luchan por generar un cambio social más sólido, les recomiendo que lean un magnífico libro de un militante gringo que, en su lucha contra el maltrato animal ha revisado casi toda la literatura de psicología social que existe, y la ha volcado en una serie de reflexiones aplicadas a sus objetivos: “Cambio en el corazón”, de Nick Cooney. Allí dice: “Los activistas necesitamos saber cómo trabajar con (y a veces, cómo sortear) la mente humana y todas sus excentricidades. Cuanto más entendamos el funcionamiento de la mente humana, más influencia tendremos en los cambios de comportamiento y más éxito tendremos en nuestras campañas. Un activista eficaz de verdad es, en el fondo, un psicólogo”. Y, por supuesto, yo no podría estar más de acuerdo con él.

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