Miércoles 26 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Azúcar

buscando a syd

— Maurice Echeverría
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Blanda, blanquísima, negrificada azúcar. Desde algún subsuelo, los zombis de azúcar se levantan, no para comernos, sino para ser comidos. Y bueno, los comemos. Al comerlos nos volvemos zombis nosotros.

He corregido muchas hábitos malsanos y el azúcar definitivamente no es uno de ellos. Dejé el alcohol –que es azúcar– pero me quedé con el azúcar –que es alcohol, es droga–. No fumo pero fumo azúcar y esnifo postres y líneas de cocacola y me inyecto sobreabundante helado de galleta, que me forja un hígado graso. Vivo consecuentemente asustado y al pie del pánico, porque sé que en la próxima curva me espera, por todo lo que reza el sentido común, una diabetes clásica, una diabetes Bogart.

El azúcar posee una jerarquía total en nuestras vidas. Es la droga para siempre legal que se ha incrustado en nuestros cuerpos y nuestras entrañas y que alimenta preponderantes y devoradoras colonias de bacterias que gritan al unísono: “¡Mueran los exámenes de  glucemia!”

La semana pasada la OMS pedía un impuesto de 20 por ciento a las bebidas azucaradas, y a los sensatos nos pareció sensato. Y sin embargo tanta sensatez no impedirá que sigamos acarbonatándonos como los coches temerarios y subdesarrollados que somos, en perpetuo estado de apetencia. Cuando yo era chiquito los litros de gaseosa eran de a litro; luego fueron aumentando futurológicamente, y se volvieron de dos, tres litros; pronto vendrán normalizados e intensificados en potentes garrafones de cinco galones. ¡Te maldigo, Alejandro Magno, que trajiste y tus esbirros el veneno brujo de la India!

No voy a enumerar aquí los 76 peligros (según un website que tengo abierto) que ocasiona el azúcar a la salud. No quiero causar pánico. Pero de todas maneras parece ser que no sirve de nada circular esta clase de informaciones, dado que seguimos hartándonos de azúcar, con pánico o sin él. La información está ahí. Toda clase de documentales que hablan del flagelo (como Fed Up). Pero a muchos nos tiene sin cuidado.

Y cuando procuramos ponerle límites al azúcar son algo así como líneas tipo Maginot, muy fáciles de circunvalar. Para mientras, lo que sabemos es que la gente del azúcar hace campañas redondeadoras y paternales, para manejar percepciones, frenan leyes, pagan atléticos estudios científicos, ponen a tribunos esmaltados y bloggeros impertérritos a dialectizar, y en suma quieren vendernos un cosmos de caries, adicción y necrodulzura.

Es cierto que la cultura del azúcar está cambiando, como cambió la del tabaco, pero da la impresión que la cosa aún está en albor y no alcanza los protocolos correctivos necesarios. Es increíble constatar cómo el azúcar y sus suicidios-genocidios todavía se ocultan con relaciones públicas, cuando lo que se necesita es poner las cartas en la mesa, de una vez por todas. Así las cosas, la palabra clave es transparencia.

No puedo decir, en toda franqueza, que después de escribir esta columna podré reducir y desintensificar mis niveles compulsivos de azúcar. Pero espero de corazón que ustedes puedan.

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