Miércoles 26 DE Junio DE 2019
La Columna

Mi hija la gata (2)

buscando a syd

Fecha de publicación: 13-10-16
Por: Maurice Echeverría

La gata vomitando hardcore y sin comer. Nos pasamos el día entero limpiando vómitos. En la casa un olor a guaca & muerte.

Vomitaba y luego buscaba lugares de la casa apartados, oscuros y contraintuitivos para convalecer, lugares a los normalmente que ella nunca iría. También estaban las babas zombis que le brotaban del hociquito, debido a la ranitidina (150 mg / 10 mL).

Al día siguiente, llamamos a la veterinaria y en el acto comprendimos que no estaban realmente comprometidos con la recuperación de Padme y que de plano no estaban intuyendo la urgencia de la situación. En retrospectiva, me doy cuenta que fue un error llevarla a ese sitio, y solo de pensar en la torpeza y dilación con que gestionaron todo el asunto entro en una rabia carbónica. El diagnóstico que nos dieron fue gastritis por estrés, cuando lo cierto es que ella se estaba autoenvenenando por complicaciones renales (ligados a un problema de corazón) lo cual demandaba acción inmediata.

Así que decidimos llevarla a otra clínica. No puedo ni empezar a explicarles la diferencia entre este lugar y el anterior, en términos de interés, seriedad médica, de calor y total empatía, de comunicación y vocación sanadora.

En la nueva clínica la internamos, después de que la doctora nos confirmara la delicadeza en que se encontraba. Tuvimos que dejarla, desolados. Y cuando volvimos, por la tarde, no tenía buen aspecto. Claudia le hablaba y le cantaba y decía cosas dulces, mientras el suero estoico bajaba a su cuerpecillo. Yo me limité más que nada a llorar. Ese llanto habría de durar muchos días.

Por la noche, bajé directamente a una oscuridad incalificable. Era mi infierno, pero era el de ella, que yo podía sentir. Era un co-infierno.

En la mañana regresamos a la clínica. Le llevamos su comida favorita, con la esperanza de que volviera a ingerir aunque sea algo. Habíamos hecho el research y sabíamos que, con cuidados especiales, los gatos con enfermedad renal pueden sobrevivir algún tiempo. Estábamos dispuestos a darle todos los cuidados del caso.

También estábamos dispuestos a respetar su voluntad de morir, si fuera el caso. Tanto Claudia como yo avalamos la eutanasia, no solo en animales sino en humanos.

Lo cierto es que Padme no quería seguir viviendo. En la tarde la volvimos a visitar, y para entonces estaba bastante desorientada, perdida en el trigo-caos de la confusión, mortuoriamente inmóvil. Era triste verla así, reducida a semejante estado desnucado, cuando ella siempre había sido en espíritu una gacela salvaje. Pero el negro escorpión la había vencido. Decidimos ponerla a dormir, bajo la recomendación de la doctora.

Mientras la doctora la inyectaba, yo decía un mantra del Buda de la Medicina, que sirve para sanar pero también para morir. Para morir bien. Y de hecho tuvo una buena muerte, gracias al amor total de Claudia y el profesionalismo de la doctora. La sacamos de la jaula y la envolví solemnemente, con ceremonia y dignidad. Sabíamos que habíamos hecho lo correcto porque en el ambiente se respiraba serenidad.