Jueves 18 DE Abril DE 2019
La Columna

Si los cerdos volaran…

Lado b

— Luis Aceituno

Seguí el concierto de Roger Waters el sábado pasado en El Zócalo de la Ciudad de México por la webcam. De acuerdo, el sonido era espantoso, la imagen fija, lejana, tediosa, pero aun así no deje de emocionarme, casi hasta las lágrimas, cuando el excerebro de Pink Floyd y sus acompañantes interpretaron fragmentos del disco Animals como Dogs y Pigs on the wing, una especie de suite (¿clásica?) que así hayan pasado 30 años de su elaboración no deja de resultar estremecedora.

“Si los cerdos volaran el cielo sería color caqui”. Partiendo de esta conocida sentencia popular y tomando como referencia el libro Animal Farm de George Orwell, los Pink Floyd firmaron con Animals (1977) su disco más político, su manifiesto indignado dentro de una de las épocas más negras de la Inglaterra contemporánea. Su respuesta al punk rock, un movimiento que nacía de la rabia y del profundo descontento de unos años marcados por la crisis de las sociedades industrializadas, la violencia racial, la caída de la clase trabajadora, la marginación y el desempleo. Un disco bastante negro, que nos anunciaba que lo peor estaba por venir, pero capaz de transmitirnos una intensidad y una fuerza tales, que nos ayudaba a seguir tirando para adelante.

Tres décadas después, la situación tiene un tinte parecido, al menos para Waters, que resucita la obra para dirigir toda su furia y su disgusto hacia el señor Donald Trump y sus potenciales políticas de apartheid y para pedir justicia por los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa. El mundo está a punto de estallar y el cielo comienza a poblarse nuevamente de cerdos que vuelan por los aires. Animals continúa siendo el testimonio de lo que el rock fue capaz de manifestar en tiempos de crisis. Una obra que hace parte integral de ese grito de rebelión y de cólera profunda que removió conciencias a finales de la década de los setenta. Curioso que la música popular en la actualidad no logre salir de su letargo, no se incomode demasiado, no logre expresar ese descontento feroz, esa indignación que se respira en todos partes del planeta. Por ningún lado encontramos a un Johnny Rotten escupiéndole su veneno al poder, a una Nina Hagen mostrándole la lengua a los uniformados de cualquier tipo, a unos Clash tomando la bandera de la liberación de los oprimidos … Todos unos ishtos, casi menores de edad, que hicieron temblar el mundo.

Tal vez tenga que venir a recordárnoslo Roger Waters, un tipo de más de 70 años, sobreviviente de muchas guerras, que sabe bastante bien de lo que está hablando (es decir, apenas comenzaba a gatear y ya conocía el miedo a las bombas, a qué se parecen el fascismo y la muerte cuando rondan alrededor de tu casa. Lo contó en The Wall de manera magistral y definitiva). No lo vi en concierto en la plaza central del DF (más bien lo espié vía YouTube para constatar si aún era capaz de conmoverme. La verdad es que sí, como ya dije), pero si anduve por dos o tres conciertos que ofreció en los años ochenta. Pink Floyd, esa banda que le había puesto la banda sonora a mi adolescencia, acaba de desarmarse y él se paseaba en compañía de Eric Clapton. Curioso el asunto, Clapton había sido el dios de la guitarra y nadie podía ponerlo en duda, pero estaba tieso y errático y cada nota suya nos hacía extrañar demasiado a David Gilmour. Gilmour está demasiado presente en Animals. El sábado, Waters fue capaz de sobreponerse a la ausencia, de revivir con toda su fuerza esa guitarra que nos ayuda a esperar la tormenta.

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