Viernes 24 DE Mayo DE 2019
La Columna

El brujo (2)

buscando a syd

Fecha de publicación: 29-09-16

Hay toda una corriente revisionista en torno a Castaneda. Es lo normal, considerando que Castaneda se dedicó precisamente a borrar los límites consensuados entre la fábula y la realidad. Algo que en la altiplanicie de la rendición de cuentas no es visto con tan buenos ojos que digamos. En este mundo ultra e intercorrecto, hay muy poco lugar para los magos, cuya labor es la de difuminar las fronteras entre lo ilusorio y lo concreto.

Castaneda lo hizo espléndidamente, tanto en su vida como en la saga de sus libros. Lo comenzó a hacer además en el momento propicio, justo cuando la cultura occidental estaba ampliando las fronteras de lo subjetivo a la vez que cuestionando los términos de lo pretendidamente objetivo.

Por supuesto, a mí nunca logró engañarme. Nunca por un segundo creí en la posibilidad de que alguien se convirtiera en un cuervo o hiciera saltos de decenas de kilómetros. Nunca tomé sus libros como una transmisión yaqui o tolteca. Castaneda podrá ser (y es) un maestro de la verosimilitud y del hoax, pero lo cierto es que sus libros dejan entrever severas inconsistencias, por ejemplo cronológicas. Es un hecho que Don Juan dice todo el tiempo cosas que narrativamente lo van traicionando. Y aunque admitiéramos la explicación de que es un ser proteico y capaz de toda suerte de identidades, un análisis literario relativamente simple nos permitiría ver que el informe de Castaneda no es otra cosa que un juego gonzo y un intrincado fraude en el terreno de la etnografía y la hagiografía. Sin contar que recoge toda clase de plagios.

Eso sí: qué plagios. Qué manera de sintetizar conocimientos (gnósticos, tibetanos por ejemplo) y traducirlos a una visión y lenguajes propios. Castaneda era un ladrón muy inteligente. Inteligente en el sentido de que sabía muy bien borrar sus huellas y luego inteligente en el sentido de que tenía una sabiduría real (así en los campos de la fenomenología y el esoterismo). A mí no me cabe la menor duda que, desarrollando su ficción, desarrolló un conocimiento muy compro-metido y avanzado.

Por tanto no veo del todo a Castaneda como un charlatán o impostor, por lo menos en el sentido usual de la palabra. Lo veo más como un trickster. El trickster es un arquetipo formidable, que siempre ha sido perseguido por la cultura de los buenos modales epistemológicos. El trickster nos hace ver que la llamada objetividad genera toda clase de mitos y que recíprocamente la mentira y la metáfora producen cosas de hecho muy tocables y muy empíricas.

Baste ver el caso de la Biblia, que siendo un libro con tanta nobleza es una recopilación de absurdidades. Y sin embargo de tanto disparate ha surgido una consciencia, una cultura, un ambiente y un sistema. En suma, una realidad. En el caso de Castaneda, estamos hablando de una leyenda que, desde su propia pretensión de autenticidad, altera poderosamente la situación del lector (lo que Jodorowsky llamaría una “trampa sagrada”).

Termino diciendo que si alguien se toma la molestia de hacer un juego apócrifo así de sofisticado y secretivo, tengan por seguro que entrará en mi campo de interés, especialmente hoy, en la aburrida era de la información y transparencia, cuando el derecho a mentir es visto como el último crimen.