Lunes 11 DE Noviembre DE 2019
La Columna

El miedo a lo desconocido

Lado b

Fecha de publicación: 27-09-16
Por: Luis Aceituno

Transcribo literalmente de Diario Digital: “Marta Hernández, tiene más de 30 años de vivir en El Amatillo y es dueña de una de las dos tiendas del lugar. Según explicó. El sábado hicieron una reunión de vecinos donde se les explicó de la llegada de los judíos ultraortodoxos. Mientras ellos no se metan con la aldea no hay problema, pero si nos da un poco de temor por nuestros hijos, mencionó doña Marta. El temor que, dice, es a lo desconocido, a no saber por qué se visten de esa forma, a desconocer cuáles son sus costumbres, qué comen, a qué y a quién le rezan”. Esto a propósito de la comunidad Lev Tahor, conformada por unos 500 judíos ortodoxos (el prefijo “ultra” no sabría decir si se trata de una toma de posición doctrinaria propia del colectivo o de una apreciación personal de la redactora de la nota) que el pasado domingo abandonaron la ciudad de Guatemala, rumbo a la finca El Amatillo, en Santa Rosa, donde desean radicarse definitivamente. Esto, luego de haber sido expulsados de San Juan La Laguna en 2014, posiblemente por los mismos temores que doña Marta expresa en el párrafo citado. El pasado 13 de septiembre, además, el edificio que habitaban en la zona 4 fue allanado por la Policía por denuncias de maltrato infantil, sin llegar a comprobarse nada.

Yo no sé si el “miedo a lo desconocido” (judíos ortodoxos vestidos como tales) sea algo inherente al guatemalteco, algo que nos hace replegarnos hacia nosotros mismos, atrincherarnos en nuestras creencias, refugiarnos en nuestra parcela, cerrarnos al mundo. Posiblemente sea una de las herencias del pensamiento colonial, de cuando existían delitos como el “afrancesamiento”, aplicado a los homosexuales y a las personas que comulgaban con las ideas de la Ilustración, es decir ateos, universalistas… En una sociedad donde las castas se uniformizaban, vestir trapos que no te correspondían o que quebraban en absoluto las normas o las costumbres te convertía en sospechoso, cuando no en criminal. Lo viví en los años setenta con todo aquello del pelo largo y las ropas consideradas extravagantes. Un trauma del que me recuperé una década después, cuando, fuera de Guatemala, habité un barrio multicultural, en donde todo el mundo se vestía como le daba la gana –o como correspondía a sus creencias, costumbres, finanzas o simples concepciones estéticas– y jamás desentonaba, más bien enriquecía a la comunidad. La mezcla radical era la norma.

Como esta comunidad judía ortodoxa, hay muchos seres humanos desplazándose en este momento por todo el planeta, a la búsqueda de un lugar donde vivir, donde trabajar, donde comer, donde vestirse. Es posible que todos ellos le recen a deidades para nosotros desconocidas, pero que les proporcionan fe en un mundo mejor, en donde todos nos sintamos incluidos. A esta hora en que escribo, miles de africanos y antillanos engrosan una larga marcha que transita toda Centroamérica. Vienen de Brasil y tratan de llegar a Estados Unidos franqueando todas las fronteras. Muchos nicaragüenses, hondureños, salvadoreños, guatemaltecos se les unirán en el camino, con el mismo propósito: alcanzar una vida digna, la última utopía. Todos ellos comen lo que pueden, se visten como pueden y le rezan a quien pueden. Miles de seres que se encuentran, se mezclan y se reconocen en la misma tragedia. En la misma esperanza.