Martes 11 DE Diciembre DE 2018
La Columna

Un piano italiano

MondoSonoro

— Jorge Sierra
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Cuando hablé con él me dijo que la tradición pianística de Italia aún existía. También me dijo que se originaba en la primera mitad del siglo XIX. Y consistía en que el piano sonaba “cantable”, de hecho la ópera nos revela el amor de los italianos por las canciones, por los lieder. Esa fue una pista suficiente para entender mucho de lo que presentó el pianista Massimiliano Damerini, el pasado miércoles 21, en el teatro del IGA.

Por supuesto la técnica, ese control que tiene sobre las 88 teclas y esa forma de hacer como que el piano cantara es sorprendente y única. Desde la primera dijo: esto es lo que tengo y fue con la Sonata en Fa menor, Op. 13, No.6 de Clementi, es decir, el padre del piano como se le conoció. Damerini nos llevó a ese vaivén de emociones, primero con el Allegro donde mostró ánimo e intensidad, y luego casi crepuscular el Largo e sostenuto para cerrar entre un tiempo medio y vivaz el Presto. De por sí tocar a Clementi ya es tarea. No hay que olvidar que hubo una época en la que se le consideró el pianista más grande del mundo. Y eso ya es decir mucho.

Después abordó Beethoven, y su Sonata en Si bemol mayor, Op. 22, donde está el sello del compositor alemán. Sobre todo en el estilo y en los recursos de las sonatas. Pero me quiero detener en el trabajo que tocó del guatemalteco Ricardo Castillo, fallecido en 1966. Según Damerini conoció sus 8 Preludios gracias a los oficios de Rodrigo Asturias, pianista guatemalteco que se considera celoso guardián de su trabajo. Y si en Guatemala no se toca es precisamente por él, por defender no sé qué. Bueno, acá el piano fue cálido y sensible por supuesto con estética impresionista, por tanto con algunas disonancias. Por ratos Castillo parece tener un poco de Chopin e igual de Ginastera, pero entre un presto, un moderato, un andante y un allegro, uno escucha ritmo pero también una alegría contagiosa.

Por último, Damerini redescubrió a Scriabin en su Sonata No. 10, Op. 70 y en los 5 Preludios, Op. 16. Acá el pianista italiano lo puso todo, flexibilidad, voluptuosidad y ferocidad. Los preludios en cambio con tramos arrolladores con su lirismo y esa forma en la que piano resultó elástico y natural. Fue una noche para descubrir a un músico libre y aventurero con la tradición pianística italiana en sus manos.

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