Miércoles 22 DE Mayo DE 2019
La Columna

No vayás por lana

Lado b

Fecha de publicación: 20-09-16
— Luis Aceituno

Los amantes de Jimmy (o a eso me suena la traducción de Jimmyliebers) han desaparecido del panorama. Se desperdigan, se esconden, se niegan, se desdicen, se hacen simplemente los babosos… salieron de la nada y en la nada se desvanecen, como en un acto de ilusionismo, como todo en este país que se desmorona…

Otto Pérez Molina, recuerdo, juró que podía levantar en cuestión de horas algo así como 100 mil seguidores, más del doble de los manifestantes en la Plaza que pedían su renuncia, para que vinieran a apoyarlo… hasta que se dio cuenta que estaba difícil juntar el pisto y se resignó a abandonar el poder cabizbajo y meditabundo, sin nadie que diera la cara por él, como un desconocido.

El problema con los incondicionales, con los liebers de cualquier cuño, es que un día gritan por uno y mañana ya están gritando por otro. La política es un negocio, dicen. Y en lo negocios lo que cuenta es el color del billete, no las lealtades. Nadie siguió a Pérez Molina por sus principios, pues ni él mismo los tenía claros. Los de Jimmy aparentemente movían masas, multitudes, eran directos y elementales, como aquellos que se leían en los afiches de las películas mexicanas de policías y ladrones: “ni corrupto ni ladrón”. Y así será hasta que terminen por demostrarle lo contrario. La tiene jodida el pobre. Estoy seguro que hasta le cuentan las veces en que se dirige al baño.

Lo más evidente en Jimmy es el hartazgo y la soledad. Los apoyos se le caen. La bancada oficial en el Congreso parece uno de sus chistes, de los en verdad bastante malos. Los ministros, cada quien camina por su lado. Su “juntita” hace un mutis estratégico y de afuera no pierden ocasión de jalarle las orejas. Le queda su mujer, que lo acompañó, un poco a regañadientes, durante la grabación de su último video, ese donde habla de los problemas con la ley de su hermano y de su hijo. Moraleja: “No vayás por lana, porque volvés trasquilado”.

Lo que en su momento, tuvo su gracia –¿quién no ha querido ser presidente de la República alguna vez en su vida?– ahora se convierte en una situación dramática y sin salida, sin chiste, sin aduladores, sin celebraciones. A pesar de su paso por el teatro, estoy seguro que Jimmy Morales nunca ha leído a Shakespeare. De lo contrario, hubiera al menos vislumbrado a qué se parece realmente el poder y cómo nos devora a los simples mortales.

De chiquito, yo también fui alguien con ambiciones. Cuando vi a tres hombres caminar sobre la luna, me dije que yo también llegaría a ser astronauta. Se imaginan ustedes la que se habría armado si un día, por ejemplo, por mi honradez y mis buenas intenciones, me eligen como director de la NASA. Supongo que hubiera armado tal relajo en el Espacio que los extraterrestres nos hubieran declarado la guerra. Lo de Jimmy en la Presidencia tiene algo de esta historia. Según cuenta él, un día vio en la tele Su Excelencia de Cantinflas y le dieron ganas de ser presidente. Ahora nosotros lo vemos a él, ahí perdido en la pantalla, sin idea de lo que pasa, sin saber si ponerse a llorar, a gritar, a predicar o a contar chistes. Sin aliento.