Martes 12 DE Noviembre DE 2019
La Columna

La patria de los tepocates

follarismos

Fecha de publicación: 17-09-16
Por: Raúl de la Horra

Nunca he entendido bien qué es eso de “patria”. En el imaginario colectivo, “patria” es una especie de “hogar” donde viven muchas personas que comparten la vida en común, pero en la nuestra solamente los grandes propietarios y digamos una tercera parte de la población tiene cuartos bonitos o pasables con vigas y techo sólido, mientras que de allí pa’l fondo, en degradación progresiva, están los llamados tercer, cuarto y quinto patios que acogen al resto de los habitantes, considerados en parte como “servidumbre”, en habitaciones con paredes de adobe y techos de lámina cada vez más derruidos y con salidas individuales hacia la calle o hacia el barranco, sin que nadie sepa todavía por qué diablos hay que llamar a todo eso “hogar común”, cuando los patios están separados con alambres de púas, o con alambres legales, o con alambres mentales, el caso es que hay gente de la parte “chic” que jamás ha visitado los patios del fondo, y como ejemplo diré que conozco jóvenes que jamás han puesto un pie en las zonas del centro de la ciudad y menos en la zona 12 donde está la Universidad del Estado, y no digamos en lugares del interior de la República, aunque claro que frecuentan el lago de Atitlán, por supuesto, o Monte Rico, donde hay cierta seguridad y uno se junta con los “suyos”, evitando así el riesgo de tener que toparse con la “shumada” que, –dicho sea aquí entre nos–, es morenita y resentida.

Sin embargo, cuando los felices habitantes de la parte bonita del “hogar común” se expresan en los periódicos y en la televisión, siempre afirman con una gran sonrisa que en esta nuestra casa todos somos uno, que es idiota pensar en divisiones artificiales tales como ricos o pobres, o indios y ladinos, porque al final de cuentas somos guatemaltecos y debemos estar orgullosos de serlo, pero lo más importante, everybody puede con fe y devoción, con iniciativa y tesón, con positivismo y trabajo, si de veras lo quiere, llegar a habitar quizás no en la primera parte de la casa, que ya está ocupada, pero sí a tapar las goteras y fisuras de los cuartos donde vive, y eso también gracias a que tenemos el privilegio de vivir en un país democrático en el que es posible expresar libremente nuestras opiniones y generar iniciativas diversas, no como en esos otros corroídos por el populismo y la demagogia, donde el “papá-Estado” les hace creer a sus ciudadanos que él va a construirles y arreglarles viviendas decentes a bajo precio, o a cubrirles necesidades de educación, salud y trabajo, cuando está visto que es solamente con el esfuerzo personal y gracias a la libertad individual que podemos alcanzar el estatuto de país libre y digno, como es nuestro caso por la gracia de Dios, santificado sea tu nombre, amén (aquí se santigua uno).

Cuando yo era un renacuajo, vivía por el Fuerte Matamoros en un barrio popular donde en invierno, como las calles no estaban asfaltadas, se formaban grandes charcos que duraban semanas. Era fascinante jugar allí con los niños del vecindario y llenarse de lodo los zapatos imaginando que uno atravesaba algún mar continental. Siempre recordaré el goce de descubrir en sus orillas unos pececillos pequeños semienterrados que navegaban agitando sus colitas por aquellos océanos de agua estancada. Entonces uno los cogía con sumo cuidado entre las manos y los metía en un frasco lleno de agua para llevarlos a casa con una emoción apenas contenida. Era la ilusión de crear en el futuro un acuario lleno de peces de colores caídos del cielo, el primer paso para construir algún día mundos fabulosos y cristalinos. Cuando mi madre me explicó que esos no eran peces, sino “tepocates”, es decir, larvas de sapo que si las criaba se convertirían en sapos, sentí una inmensa decepción. Entonces comprendí por primera vez en mi vida que nuestras ilusiones y promesas como país son a veces igual que aquellas ideas que atrapamos esperando que se conviertan en lindos peces de colores, cuando en realidad son futuros y horribles sapos.