Jueves 20 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Happy together

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda lacajaboba@gmail.com
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[Sainete multicultural en loor a la fraternidad de clases, a 195 años de la fundación de la patria criolla].

Rafa y Daniela son una pareja joven, se casaron hace un año y están colmados de dicha porque acaban de recibir en adopción a dos preciosos niños indígenas. El trámite fue expedito, se completó en apenas mes y medio sin colas ni trabas ni careos previos ni charlas preparatorias ni filtros de ajuste ni formularios ociosos: la burocracia en el país, basada en la confianza mutua y el respeto por el bien común, funciona a las mil maravillas. Esa es la verdad y quien sostenga lo contrario es un cangrejo, un resentido, un aguafiestas.

Viven en una moderna residencia a la sombra de los bosques de Muxbal, desde donde se respira aire puro y se disfrutan ensoñadoras vistas que dominan la ciudad, ubicada a quince minutos en carro. De vecinos tienen a una familia oriunda de Tiquisate que en cuestión de años prosperó tras obtener un crédito blando y fundar una cervecería artesanal. Muy amigos entre sí, no es raro ver a ambos matrimonios reunirse los sábados, pasando horas en la terraza alrededor de una parrillada.

Gregorio, el jardinero, recibe IGSS, aguinaldo y bono catorce, y para las vacaciones acostumbra ir al IRTRA de Reu con su esposa Francisca, la cocinera que ayuda también en la limpieza de la casa, recibiendo por ello salario doble y las prestaciones de rigor.

Una ráfaga de prosperidad sopla en el país y un ambiente de franca camaradería nutre las relaciones sociales de un tiempo para acá, cuando de súbito la gente rompió el letargo, tomó conciencia y hombro con hombro se puso las pilas en el diseño de un modelo de nación en el que cupieran todos y nadie quedara atrás –ni mucho menos afuera.

Todo ello gracias a la chispa inspiradora de una campaña de bien público cuya figura central es Ricardo Arjona, poeta jocoteco aclamado internacionalmente y elevado a filósofo-gurú en razón de su ya célebre e irresistible frase: “Yo quiero cambiar para cambiar lo que no quiero”.

Es jueves, 15 de septiembre; Rafa y Daniela contemplan fascinados el desfile de antorchas y sienten, ellos también, el ardor patrio calándoles muy dentro. Más tarde van a TrovaJazz: es noche de cantautores y coinciden ahí con Efraín Ríos Montt (quien nunca mintió, nunca robó y nunca abusó) y Alfonso Portillo (quien nunca fue sometido a juicio por peculado ni estuvo en la cárcel por lavar activos) y Álvaro Arzú (quien nunca piñatizó las empresas del Estado) y Jorge Serrano (que permanece en el país porque nunca cometió autogolpe) y Dionisio Gutiérrez (propietario de una línea de carretillas que ofrecen pollo frito en plazas y mercados, y padrino además de una escuelita de gobernanza contigua al centro comercial Montserrat) y Ricardo Méndez Ruiz (que dirige una oenegé para el resarcimiento de las heridas que dejó el conflicto armado) y Haroldo Lorenzana (dedicado al almacenamiento y trasiego de un polvo blanco que sí es harina) y Rodrigo Arenas (heredero de una familia de granjeros cooperativistas asentados al norte del área Ixil) y Daniel Pascual (dirigente campesino probo, impoluto y sin la cola machucada) y Joviel Acevedo (líder magisterial cuyo impulso definitorio a la reforma educativa permitió que Guatemala destronara a Finlandia como ejemplo para el mundo).

Y juntos todos, compartiendo la misma mesa, en el clímax de la velada se ponen de pie y levantan sendas copas de ron Zacapa (en oferta hoy, a dos por quince), ya medio sarazos de la borrachera, cantando al unísono y de memoria las coplas de El unicornio azul de Silvio Rodríguez.

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