Miércoles 21 DE Noviembre DE 2018
La Columna

PT (2)

buscando a syd

— Maurice Echeverría
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Como ya escribí antes, el asunto con sacar la carta de la discriminación indiscriminadamente es que también viene a ser una forma de
discriminación.

Es un gesto de conveniente ceguera negar que hay nuevas formas de privilegios –privilegios discursivos– emanando del pluralismo. Mi punto de vista es que pueden ser buenos y necesarios como forma de nivelación material y cultural, pero que no podemos permitir que se reifiquen en pluralismo tóxico (PT).

La posmodernidad pluralista tóxica, en su autopercibida superioridad, considera cualquier crítica que no comulga con su visión del mundo como inferior y regresiva, introduciendo una tendenciosa
discriminación.

Porque no hay que engañarse: el pluralismo tóxico practica la discriminación. Lamentablemente no la clase de discriminación que podría ayudarle a sanarse y autotrascenderse.

No es practicando la discriminación sectaria y unidireccional, ni tampoco evitando toda discriminación, como el pluralismo tóxico podrá
trabajar su sombra.

¿Qué pasa cuando practicamos la discriminación sectaria y unidireccional? Generamos un escenario de tensiones sociales mórbidas. En el caso del pluralismo tóxico, la discriminación negativa le vuelve inconscientemente (o deliberadamente) autoritario, paradójicamente excluyente, y en su afán de normativizar, conservador.

¿Es la solución evitar toda discriminación? No, claramente. Cuando evitamos toda discriminación el paisaje cultural se linfatiza, se vuelve una masa indiferenciada de criterios flotantes, se machotiza y achata: es el laberinto pluralista. La trampa de muchos pluralistas tóxicos es pensar que todos los puntos de vista son equivalentes. Lo cual los lleva a confundir la discriminación positiva (que separa y jerarquiza) con la discriminación negativa (que da un trato de inferioridad o sublima obcecadamente).

Si vamos a ayudar al posmodernismo a superar su narcisismo cultural deberemos reintroducir la noción de discriminación, pero ahora desde un enfoque transmoderno, como elemento creativo, lo mismo en la conversación
privada como en la pública.

Para que quede claro, esto no es volver a las antiguas verticalidades agresivas, heredadas, estamentales u oportunistas. Tampoco es quedarse atrapado en la horizontalidad circular del pluralismo tóxico. La discriminación transmoderna celebra las diferencias horizontales y verticales, cuando son sanas y aportan coherencia y emergencia al espacio íntimo y social.

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