Miércoles 14 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Diario de un escribiente

Viaje al centro de los libros

— Méndez Vides
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El escritor guatemalteco Manuel José Arce (1935-1985) ganó inmensa popularidad por su columna Diario de un escribiente que publicaba el malogrado matutino El Gráfico. ¿Cuál fue el motor de su éxito? Que no escribía una columna simple de opinión, hablando desde fuera, viendo o analizando superficialmente lo que ocurría a lo lejos, sino nos hablaba desde lo más profundo de su ser, íntimamente, como poeta, utilizando la prosa como disfraz para prodigar sus pasiones y malestares, sin pedanterías ni oscuros laberintos intelectuales. Manuel José confesó en una de sus crónicas que “cada cosa de estas que escribo, es un pedazo de mí mismo. Un trozo de mi vida.” Porque el poeta se abría el pecho y mostraba lo que llevaba dentro, y los demás podíamos comprobar que el tronco era el mismo, que sus pulmones y vísceras eran similares a las nuestras, porque a veces amanecía cursi y otras revolucionario.

Su temática iba más allá de la actualidad, haciéndose las mismas preguntas que todos los humanos nos hemos hecho siempre, porque le hacía cosquillas el moralismo y quería vivir. Recuerdo aquella crónica que empezaba con “Hágame un favor: no me hable mal de la vida”, lleno de optimismo veía sonreír el mundo a su alrededor, aunque esta tierra nuestra se estuviera descalabrando. Y muchos recuerdan o recortaron su también famoso “Yo no quisiera ser de aquí”, donde expresaba su dolor por un país al que amaba intensamente pero que le producía un hondo dolor. Manuel José se contradecía como hombre, porque no era de piedra, y compartía con los lectores todas sus emociones, sus altibajos, con voz clara, palabra sencilla, utilizando refranes populares. Creo que la mejor frase suya para autorretratarse es: “Yo quería ser algo así como el gran amigo de todo el mundo”. Y lo fue desde su columna, donde afloraba libre el habla chapina, donde los ejecutivos utilizaban tacuche, los bolos echaban el zope, los jóvenes andaban con la traida, vigilados por los chuchos hambrientos, el juicio de los cachurecos y la ignominia de los orejas. Las crónicas de Manuel José siguen frescas en los libros como hace 30 años en El Gráfico. Murió hace casi 31 años, lejos de su suelo y de su cielo, en Francia, exiliado, sin el derecho a despedirse del lago de Atitlán. Nos legó sus crónicas, las del chapín común que para sobrevivir un poco más en este mundo tuvo que renunciar para siempre al sabor del tamal, a los amigos y a las calles que tanto amó de patojo.

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