Jueves 17 DE Octubre DE 2019
La Columna

La despedida

Ayer

Fecha de publicación: 20-08-16
Por: María Elena Schlesinger

No sé en qué momento mi padre comprendió que su tiempo en esta vida estaba por cumplirse y que pronto moriría, por lo que haciéndole caso a su intuición, fue poco a poco despidiéndose de la familia y de sus seres más allegados. Aligeró el paso para terminar un inmenso estudio sobre la doctrina social de la Iglesia y como si fuera un viajero a punto de embarcarse a una gran travesía, salió de la casa una mañana calurosa del mes de marzo llevando en la mano una gastada carpeta negra en donde guardó los legajos de su estudio a entregar y no volvió jamás.

De mí, se despidió un día temprano en la mañana, después de haber dejado a las niñas en el kínder. Aún llevaba puesta su gruesa bata de color vino tinto y se disponía a arrancar el día. “Voy a morir pronto”, me dijo, viéndome a los ojos, “pero quiero que sepas que en donde yo esté, y si me es posible hacerlo, velaré siempre por ti”. Recuerdo haberlo reprendido por estar pensando en cosas trágicas, en zopilotes y mariposas negras. Que mirara qué lindo estaba el día, qué soleado, que pronto llegaría la Semana Santa y cambiándole el tema le conté que la pequeña Ana María, mi niña, ya quería aprender a leer. “Se le nota que es muy inteligente”, dijo, por decir algo.

Aquel miércoles 22 de marzo, mi padre supo que iba a morir. No quiso despedirse de mi madre y solo le avisó que iría a ver cómo iban las reparaciones de la casa. Visitó la pequeña obra que dirigía en el barrio de Gerona, comprobó los detalles del machihembre del techo, la reparación de la pared colindante con filtraciones de agua y dio instrucciones finales. Entonces, mandó a llamar al maestro de obra: “Te agradezco, Mario, tu trabajo durante todos estos años”, y se despidió de cada uno de sus albañiles dándoles la mano. Ese mismo día entregó el trabajo que llevaba en su carpeta, y le pidió a uno de los sacerdotes que rondaban el lugar que por favor lo confesara y le diera la comunión. Al filo de las dos le tarde nos avisaron que mi padre había fallecido.

Durante todos estos años he llevado muy cerca las palabras de aquella despedida en forma de amorosa promesa que me hiciera mi padre. Y en los días grises, que suelen haber siempre en la vida, me siento inmensamente protegida y acompañada por aquel amoroso sortilegio, el cual rebasa lo racional y el tiempo.

mariaelenaschlesinger@gmail.com