Martes 20 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Anacronismos

follarismos

— Raúl de la Horra
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Qué duda cabe que somos un país anacrónico, es decir, desfasado en el tiempo, como si tuviéramos el trasero obligatoriamente puesto a remojo en un inmenso pegamento acuoso de estructuras pertenecientes a épocas pasadas, ataviados mentalmente como lo estamos con vestimentas e instituciones que apestan a atraso y a frivolidad, atenazados por creencias y prácticas (económicas, políticas, religiosas y culturales) que nos mantienen en una pseudo democracia de caricatura que nos vuelve cada día más pendejos y pintorescos, más patéticos, más risibles.

Hoy hubiera deseado hablar únicamente del anacronismo nacional que tuvimos que tragarnos esta semana los ciudadanos del país al ver y escuchar al Presidente de Guatemala, Jimmy Morales, invocando de manera melodramática, al tiempo que cómica, al dios cristiano, durante una especie de ceremonia religiosa intitulada “Desayuno Nacional de Oración”, realizada en nuestra ciudad capital. En el acto también participó y se expresó con ingenuidad y mucho infantilismo la fiscal general de la Nación, Thelma Aldana, olvidando que este tipo de afirmaciones exaltadas de la fe religiosa deben de tener cabida únicamente en el ámbito personal o privado, pero no en el ámbito gubernamental, ya que el Estado es un ente que no profesa ni defiende religión alguna, como lo establece la Constitución.

Pero en perfecta armonía con el anacronismo del episodio anterior, la prensa de este jueves nos trajo también la triste noticia de un joven padre de la ciudad de Coatepeque, muy religioso y practicante de la religión evangélica, que inspirándose quizás en los castigos pregonados en el Antiguo Testamento (que tienen carácter de mandamientos o de leyes de obligatoria obediencia para los cristianos), castigó a su hijo de nueve años quemándole las manos con gasolina por un robo de cincuenta quetzales. Resulta que tanto el hecho del párrafo anterior, protagonizado por hombres y mujeres de Estado, como este horrible crimen de fe, son congruentes entre sí, es decir, son partes lógicas de lo que significa vivir en una sociedad donde la ignorancia y el fanatismo religioso son las caras de una moneda cuyo objetivo más obvio es la estupidización de las masas para convertirnos a todos en pasivos y obedientes corderitos.

Hablaba yo de este último suceso de Coatepeque con Genoveva, la señora que viene dos veces a mi casa a hacer limpieza, cuando de pronto me dice que en su pueblo de origen, situado en el departamento de Suchitepéquez, hasta hace poco, y quizás todavía, ese tipo de castigos contra los niños eran muy frecuentes. Me describió entonces cómo ella tuvo que sufrir de pequeña y también de adolescente –debido a travesuras y a diversos actos de desobediencia– torturas variadas tales como poner las palmas de las manos sobre el comal hasta chamuscarse, ser colgada de los brazos con una cuerda sobre una fogata de “tusa”, permanecer de rodillas sobre maíces o piedritas durante una hora bajo el sol con una escoba o palo horizontal a manera de cruz para no bajar los brazos, ser llevada encima de un hormiguero para que le picaran las hormigas, o rasparle las manos y los brazos con los “chayes” de un vaso, como escarmiento, cuando lo había roto. Todo un catálogo, pues, de pedagogía popular del Medioevo, que me dejó tartamudo. ¡Y me lo contaba como si nada, como si fuese la cosa más natural del mundo, mientras pasaba la aspiradora y miraba el teléfono celular para leer un mensaje en Whatsapp! Y bueno, si todos estos no son anacronismos, ¿entonces qué son?

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