Martes 15 DE Octubre DE 2019
La Columna

A Pocket Eden o un paraíso

SOBREMESA

Fecha de publicación: 15-08-16
Por: María Elena Schlesinger

En la obra, A Pocket Eden, Guatemalan Journal de Caroline Salvin, editada por Plumsock Mesoamerican Studies, la autora nos sorprende con un diario puntilloso y descriptivo sobre sus vivencias y andanzas durante su visita a Guatemala a finales del siglo XIX. Caroline llega a Guatemala en junio de 1873 en compañía de su esposo Osbert, un renombrado ornitólogo y naturalista inglés. Los Salvin alquilan una finca cafetalera cercana a Dueñas para dedicarse al cultivo del café, mientras recolectan especies de la fauna y flora local para completar su estudio sobre la historia natural de Centroamérica.

Como buena mujer inglesa de la época, Caroline escribe en un cuaderno de pasta de cuero su diario personal, a manera de bitácora: lo que ve, lo que huele, lo que siente en un país tan extraño y sorprendente como el nuestro, en donde los cerdos se vuelven salvajes y violentos por el hambre hasta golpearse contra las puertas para encontrar alimento; indígenas descalzos doblegados por el peso de los bultos; supuestos condes y condesas que imaginaban degustar comida francesa cuando en realidad a ella le sabe a “comida enlatada”; y en donde los extranjeros son tratados siempre con deferencia de nobles y con mucho respeto.

Lo que más le sorprende a Caroline es nuestra escarpada geografía de barrancas, volcanes y quebradas. Las flores silvestres la maravillan –la bella dalia roja solitaria que encuentra en los llanos despoblados de San Lucas la emocionan hasta las lágrimas–, el cielo enmarcado por volcanes, y las caídas de tarde. Para ella, viajera proveniente de una Inglaterra nublada y de lluvia muy fina, los aguaceros eran siempre torrenciales y extremos.

Sus anotaciones tenían un carácter íntimo, simplemente para recordar su encuentro con el trópico, nunca para ser compartidas, de allí la sinceridad de su retrato escrito, su manera franca de describir con ojo crítico lo que le parecía inmensamente hermoso, diferente, desvalido o rústico.

Para estos días de feria agostina, Salvin nos regala una descripción de dicha festividad, llamada de Jocotenango escrita con ojo diferente y revelador al de su contemporáneo José Milla.

“Jueves 14. Fuimos a caballo hasta la feria, para ver el mundo español. (…) algunas de las señoras y las señoritas montan a caballo por la tarde, la única vez en el año, y aparecen con vestidos de baile en las tardes del 14 y 15, sentadas en el bordillo de piedra que se prolonga (…) por el camino que va a Jocotenango.

Era un espectáculo curioso, ya que no tenía ningún objeto. Las habitaciones de las sórdidas casas eran alquiladas para el día por diferentes familias de importancia. (…) Las de la clase alta parecían imitar un estilo francés malo y una gran cantidad de pintura y polvos.

Viernes 15. La suciedad, el polvo, los empujones, el ruido, los finos vestidos y los indígenas eran una mezcla de lo más incongruente. Estos últimos tenían un grupo de enmascarados que representaban diablos, pero como llevaban una caja para limosnas coronada con una pintura de la Virgen, parecía que todo lo que se hacía en buena compañía estaba bien. (…) Por la tarde, el presidente estaba en el campo vestido con una camisa sucia en la parte de adelante. Le pidió al duque que se pusiera a su lado y él y su ministro de guerra improvisaron una carrera”. (Traducción de Eddy H. Gaytán).

En su relato sobre la feria, escuchamos el tronido de los cientos de pitos de barro que entonces acostumbraban a sonar los niños y jóvenes que asistían a la feria, así como la tormenta tropical que como ya es costumbre lo empapa todo, interrumpiendo de repente el jolgorio, de una de las fiestas más antiguas de esta ciudad.

El 14 de marzo de 1873 Caroline Salvin puso fin a su diario de viaje, el cual fue recuperado y organizado por su bisnieta Sylvin Salvin Rampen, para el bien de la historia y de nuestra delicia.