Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Obesidad digital

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda > lacajaboba@gmail.com
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Extraordinariamente cómodos y versátiles, accesibles en su modo de uso, concebidos para agradar al tacto y la vista, los aparatos electrónicos móviles se han vuelto indispensables en la medida en que depositamos en ellos primero nuestra confianza, luego nuestra información personal y, ya de ribete, la constelación entera de protocolos, rutinas y nodos que nos vinculan con el mundo.

La revolución tecnológica ha permitido lo que muchos, fabricando escenarios de fantasía, anhelábamos de niños: comunicación portátil, diccionarios y enciclopedias a un clic de distancia, hipervínculos ad infinitum, archivos musicales gratuitos e ilimitados, cine y televisión a la carta, correo inmediato, mensajería instantánea, puntos de encuentro para relacionarnos y hasta escaparates donde presumir.

Corresponde entonces, digo yo, no sólo deleitarse en el sueño hecho realidad sino también atesorar el obsequio, cultivarse en él, velar sus confines, protegerse de saturaciones y empleos compulsivos. Y he ahí la trampa, porque todas esas interfaces y apps se diseñan para agradar, seducir y –literalmente– atrapar al usuario, más que para potenciarlo y servirlo.

Una vez calibradas a gusto nuestras extensiones virtuales, buceando ya en un soma de amigabilidad y de placer, salir de la burbuja se nos hace un disparate: ¡Cualquier cosa menos prescindir del flujo gozoso!, sobre todo si la alternativa (mudar de sistema, de servidor, de proveedor) equivale a un viacrucis de reconfiguraciones y cláusulas que hay que aceptar, sí o sí, aún a expensas de poner información confidencial en manos desconocidas.

¿Quién controla a quién? Me lo pregunto al notar a qué extremo se acentúa el uso intensivo, frenético de gadgets en espacios y momentos otrora reservados para volcarse al exterior: una fiesta, una comida en familia o entre amigos, el bus, la calle, un paseo por el parque, la barra de un bar.

Victoria del miedo al aburrimiento sobre la imaginación, antídoto para ocupar tiempos muertos, placebo de vacíos y soledades: así empieza el enganche, hasta llegar un punto en el que el internauta rompe con el entorno natural y entonces ya nada importa fuera de la pantalla; el ocio se limita a seguir obsesivamente el hilo de los acontecimientos adentro de ella –videos, fotos, tuits, noticias, memes, gifs, chats, comentarios: todos ellos, al mismo tiempo y a cada instante, en un apremio sin tregua por no quedarse atrás.

FOMO, le llaman en inglés: fear of missing out; es decir, la espina de que algo importante acontece al mismo tiempo en otro sitio. Una especie de gula digital, de obesidad informática cuyos efectos, ya de por sí desquiciantes para la psique (ansiedad superlativa, agotamiento, desgaste), inciden además en las pautas de intercambio con el prójimo. Por ejemplo, cara a cara las personas hablan de sí mismas entre un 30 y un 40 por ciento del tiempo, mientras que en redes sociales la cifra sube a un 80%.

Se viene ya el efecto rebote, presentando (no podía ser de otra manera) en moda, en trending topic. ¿Las siglas? JOMO, joy of missing out. Jubilar el smartpohne, volver al frijolito, desconectarse, dejar pasar las cosas puede ser todo un placer. Y lo es, aunque de ello no se enteren nunca los yonquis cibernéticos en su afán de cazar pokémones.

Al paso que vamos, el próximo capítulo en esta saga de enajenación inducida será ver a un tercio de la humanidad ahogarse en el fondo del mar, persiguiendo con deleite a Calamardo y Bob Esponja.

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