Domingo 18 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Pelearse en las redes (1)

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Vivo peleándome en las redes. Es una cosa de todos los días. A veces es divertido. Otras muy desagradable.

No soy el único, por supuesto. Cualquier usuario sólido de redes sociales conoce el nada sutil malestar que acompaña una buena pelea digital. Una dura contienda de comments. Un tuitvergueo.

Especialmente cuando es una pelea de trincheras. Tras una de estas riñas, siempre anticipo un shock diabético o algo así. Más cuando no se trata de una sola pelea, sino de una seguidilla y con muchas personas simultáneamente. A veces inclusivo caigo en temporadas confrontacionales, alfaques les llamo yo. Termina uno con el sistema nervioso francamente pulverizado.

Es el infierno de la comunicación a escala. Desde hace décadas nos advertían los futuristas y los enterados que la nueva etapa cultural iba a venir con una presión informacional sin precedentes. Ahora nuestros sistemas nerviosos están viviendo un proceso delicado de ajuste, sin el cual no aguantaremos este tráfico masivo de data y criterios.

No faltan las personas que miran con nostalgia la vieja era. Y a quienes les gustaría regresar a una especie de orden pre/internético. Toda una fantasía, que consiste en edenizar aquellos tiempos previos a las discrepancias digitales. Pero eso es como querer volver al universo antes de los carros: un ensueño bonito, pero completamente infactible. Desaparecer en el anonimato del offline ya no es una opción.

Tampoco estoy en contra de hacer desintoxicaciones de redes sociales. Sin embargo he visto que muchas personas se van de las redes, por aquello de limpiarse de ellas, y cuando vuelven todo sigue igual. La desintoxicación ha resultado ser un paréntesis agradable, y nada más. Al entrar de nuevo en contacto con la presión comunicacional, el malestar, la paranoia recomienzan.

Es mucho más valioso aprender a lidiar con los retos del diálogo virtual antes que circunvalarlos (aunque admito que hay conversaciones que son callejones muertos, de los cuales no queda otra sino retirarse). Es un aprendizaje perpetuo, de prueba y error. Algunos encontronazos los he resuelto con gracia, otros no. Pero de todos he aprendido.

No vayan a creer que me fascina la guerra. Contrariamente a lo que consideran muchas personas, no me gusta entrar en controversia. Lo que sí me gusta es la claridad. De ahí mi proclividad al debate. Es por mi forma de ser: la confusión me repugna.

Por ejemplo, no es infrecuente que otro piense que yo pienso determinada cosa, cuando pienso algo enteramente distinto. Es un trabajo perpetuo de matizar y esclarecer. De más está decir que no puedo clarificar tanto como me gustaría. ¿Quién puede, realmente? ¿Quién cuenta con semejante tiempo y energía?

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