Miércoles 14 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Retrato de un hombre de bien

Lado b

— Luis Aceituno
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Mientras, una serie de personajes, muchos de ellos autodenominados patriotas, se dedicaron a saquear este país, a exterminar a sus pobladores y a destruir con saña la riqueza de sus recursos naturales; ha habido otros que, por extraño que parezca, han dedicado su vida a comprenderlo, a estudiarlo, a recorrerlo en todos sus rincones, a servirlo, a reconstruirlo, a dignificarlo, en suma. Ya quedan pocos de estos últimos, me dicen, pero quedan. Aun si quedara uno, ya es razón para la esperanza. Ese uno, es posible, que nos garantice trascender, pasar la Historia de la humanidad por una razón que vaya más allá de estas corrientes de sangre, imbecilidad y podredumbre que nos salpican a diario desde los telenoticieros.

El día que la Universidad de San Carlos le otorgó el Doctorado Honoris Causa a Carlos Navarrete, su madre, ya casi centenaria, le dijo: “Sabía que eras un hombre de bien” y por supuesto no se equivocaba. Para él, estas palabras fueron más importantes que el reconocimiento mismo. Las toma con ironía, por otra parte, y no deja de reír cuando cuenta la anécdota. Uno se podría pasar tardes enteras escuchándolo hablar de estas cosas. Tiene humor, encanto y un talento narrativo superior, envidiable. A sus 85 años, su vitalidad, su lucidez, su erudición no solo rebasan sino que contagian. Uno está dispuesto a seguirlo en sus peregrinaciones más extrañas. Y es que desde que tenía como 20 años anda de un lado para otro. Es una especie de beatnick irredento, solo que más curioso, más instruido, más aventurero y, de lejos, muchísimo más divertido. Más del lado de Blaise Cendrars que de Jack Kerouac, si hablamos de caminantes. Acompañarlo en sus viajes de antropólogo, historiador, investigador debe de ser una experiencia intensa, invaluable. Pero él es un anda solo. El pizote, un animal con el que ha tenido encuentros fuera de este mundo, le enseñó que ya de viejos lo más sabio es separarse de la manada.

Sobre Guatemala, Carlos es una memoria privilegiada y, aunque suene a lugar común, una enciclopedia viviente. En 15 minutos de plática con él, uno vive este país en sus contradicciones más profundas. Ha incursionado en todos sus caminos y sus extravíos y, además, se ha leído todos los libros y hablado con todas sus gentes. Recita versos de los poetas más oscuros o párrafos enteros de Hombres de maíz o El Señor Presidente. Es capaz de desplazarse hasta la librería más perdida de Buenos Aires para conseguir una edición original de la traducción del Popol Vuh debida a Brasseur de Bourbourg o un incunable de Gómez Carrillo. Durante mucho tiempo buscó corridos guatemaltecos y los canta, también recuerda las canciones que los payasos y los enanos interpretaban en los circos ambulantes. Por ahora rastrea los orígenes del bel canto en Centroamérica y la última vez nos entonó en una reunión de amigos las arias de una imposible ópera costarricense.

De lo más valioso en su trabajo, son sus incursiones en el territorio de lo sagrado, esa esencia que nos une a lo más profundo de nuestros orígenes y cuyo sentido hemos ido perdiendo con las guerras y los enfrenamientos. Ha platicado con brujos, chamanes, sacerdotes, rezadores. Ha compartido con ellos la comida y el trago. Ha sido invitado a ceremonias y rituales que nos están vedados al común de los mortales. Ha seguido peregrinos hacia el templo de Esquipulas y ha buscado todos los cristos negros que existen por estas tierras. Uno se siente íntimamente unido a este país al escucharlo o al leerlo, deseoso de encontrar, entre tanta oscuridad, la salida hacia un futuro luminoso.

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