Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Cédrik

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda lacajaboba@gmail.com
Más noticias que te pueden interesar

Al volver de la Laguna del Tigre, mi amigo el Mono y yo hicimos escala en la isla de Flores con la idea de pasar una noche de parranda y hospedarnos donde Pío, cuate suyo, antes de nuestro regreso definitivo a la capital.

Estábamos mugrientos y exhaustos, repletos de picaduras, pero acelerados aún tras la excursión, con el ánimo a tope, deseosos de enzarzarnos otra vez con lo mundano.

Pío rentaba un cuartito de madera ubicado en el segundo piso de una especie de pensión. Subimos, tiramos las mochilas y nos sentamos luego a fumar algo de hierba, esa que en la ciudad venden debajo del agua, por onza, a precios absurdos, pero que los peteneros, sobrados, espléndidos, impunes en su ley de la selva, mueven en fardos de a libra envueltos en papel periódico que se consiguen por una bicoca y sin mayor dificultad.

Debidamente encarrilados ya, en sintonía los tres fuimos a comprar cerveza para llevar a uno de los muelles que salen del malecón, construido poco antes en medio de a saber qué jugosas transas por el patriarca de la zona, don Manuel B., notable virtuoso del copy/paste.

Nos escurrimos ahí entre un ameno crisol de nómadas en fiebre de sábado por la tarde: una cuadrilla de estudiantes de arqueología, mosaico de nacionalidades, celebrando a todo júbilo el fin de su trabajo de campo después de tres meses sin tregua de acampar en la espesura. Sumándoseles, unos cuantos chapines tirados con honda, como nosotros, tanteando, elucubrando movimientos, virulentos de lujuria, sabidos de la oportunidad de pescar algo. Y Cédrik.

Cédrik, sentado a la par mía, era guatemalteco también, pero proyectaba a su vez algo de incatalogable, remiso al trazo simplificador de las etiquetas. Un halo de tiniebla se le percibía alrededor. El pelo a rape, el ceño denso, la mirada en el horizonte, perdido en sus cavilaciones. Hablaba poco, calmo, seguro de sí, subiendo apenas la voz, ni descortés ni grosero. Hurgarlo era como hurgar en un eclipse.

Yo intentaba ligarme a una belga preciosa, con pelusilla rubia en el cutis y chilacas sin rasurar; él fraguaba lo suyo con otra flor ultramarina, austriaca creo, oronda y coqueta ella, vestida de caqui, imitación aria de Lady Speed Stick.

Lo mío no pasó del buen rollo. Cédrik tampoco logró su objetivo, de modo que nos pusimos a charlar. Con los tragos se le fue soltando un poco la lengua. Me contó que era kaibil, y que en la base de Poptún, sirviendo ya en funciones de entrenamiento, desafió la autoridad de un superior que lo llevaba por mal. Discutieron a gritos, forcejearon. Lo dejó desangrándose, muerto a cuchilladas.

Huía desde entonces, no hacía mucho. A la mañana siguiente saldría jungla adentro, que aseguraba conocer –así lo dijo– como la palma de su mano.

Semanas después me enteré de la muerte de Pío, ahí mismo, en Flores. El Mono me contó los detalles. La noche anterior, en no sé qué bar, había reñido con alguien que intentaba excederse con una turista. Lo encontraron con las tripas de fuera, bañado en su sangre, adentro del mismo cuartito donde nos recibió aquella vez.

Quién sabe por qué, retorcido que soy, mi mente abyecta brincó en salto libre hasta caer en el recuerdo de Cédrik, de su anécdota, de su cuchillo.

Etiquetas: