Sábado 23 DE Marzo DE 2019
La Columna

Moluscosidad

follarismos

— Raúl de la Horra
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La clave de la socialización e individuación humanas reside en la influencia de otros humanos, de manera que la posibilidad de llegar a ser lo que somos (en sentido positivo o negativo) involucra, tanto por activa como por pasiva, la interacción con personas y estructuras, con energías y fuerzas organizadas ante las cuales funcionamos como objetos y como sujetos al mismo tiempo (víctimas y beneficiarios), lo que va otorgando forma específica a lo que seremos como individuos y como sociedad.

Cuando tratamos de ver los éxitos, proezas y cualidades socialmente aceptables de las personas en nuestro país, ensalzamos con frecuencia el mérito individual, pero olvidamos que esas características encuentran su explicación en un entorno social y familiar favorable de aprendizajes, así como en la existencia de circunstancias excepcionales engarzadas en un medio social privilegiado al interior de una realidad social más amplia que no lo es.

Pero si analizamos aquello que podríamos llamar fuertemente “disfuncional” en la sociedad, si hacemos la suma de los crímenes de toda índole, el conteo de homicidios, desapariciones, violaciones, extorsiones, asaltos, conflictos por violencia doméstica, escolar y laboral, muertos y heridos en accidentes de tráfico por borrachera o drogadicción, abandono de niños, agresiones físicas y psicológicas homofóbicas y racistas reportadas en los juzgados de todo el país, así como el de los pequeños y grandes actos de corrupción, abusos, sobornos, chanchullos y chapuces de y contra jefes, empleados y clientes en las empresas privadas y públicas, si sumáramos todo eso, además de los coeficientes de pobreza, desnutrición, mortandad infantil y materna, etcétera, nos daría un coeficiente tan, pero tan monstruosamente alto de anomia social, que habría que preguntarse cómo es que hay tantas goteras y tantos muros y paredes podridas en un país del que no cesamos de alabar sus bellezas.

Lo cual nos reenvía al problema de las disfuncionalidades profundas de una sociedad y de un “Estado de derecho” que jamás han logrado consolidarse como Estado o como Nación. De allí que casi todas las instancias y niveles de la vida social, incluidos los sectores más favorecidos, nunca hayan interiorizado ni respetado ni ejercido voluntariamente la Ley, que viene a ser la columna vertebral simbólica de cualquier orden social, incluyendo el burgués. Las “normas del sentido de la realidad”, que en las familias “modernas” suelen ser transmitidas por el Padre, y que en el Estado burgués constituyen una fuerza “natural” del Estado, en nuestro caso guatemalteco están ausentes, pues somos una sociedad mayoritariamente despadrada en lo doméstico, y políticamente jamás hemos logrado romper con el orden social pre-burgués o atomizado que domina nuestra economía.

De allí la posibilidad de definirnos efectivamente como una sociedad invertebrada o, lo que es lo mismo, molusca, tanto en el plano colectivo como en el individual, con las excepciones y casos específicos que, por supuesto, no faltarán, pero que no eliminan esas dificultades tan generalizadas que tenemos todavía para caminar verticalmente, para ver a las otras personas directo a los ojos, para ser honestos y honrados, decir inteligente y respetuosamente lo que pensamos, hacer lo que decimos, no ser lambiscones ni mojigatos, no cultivar el doblez o el resentimiento, no creernos superiores a nadie, ser capaces de reírnos de nosotros mismos e intentar escuchar al prójimo, y para dejar de creer que la agresividad y el guaro son la mejor arma para afirmarnos como personas.

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