Martes 11 DE Diciembre DE 2018
La Columna

Con pose de yo no fui

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Cualquiera que haya leído El Padrino, de M. Puzo, habrá podido reparar en la frase de Balzac que antecede el primer capítulo: “Detrás de cada gran fortuna hay un crimen”.

Recuerdo como si fuera ayer la obstinación con que, algunos años atrás, Marta Altolaguirre, respetada colega, columnista de este diario, se esforzaba en diferenciar el capital bueno del capital malo.

Según esta lógica mendaz (propia de alguien que se chupa el dedo y no de una mujer aquilatada con años de roce y sólida carrera profesional), capital bueno es, claro está, el generado por la gente de bien, es decir, “los grupos tradicionales”, mientras que el capital malo es fruto de emprendimientos dudosos que ella vincula con “el eufemísticamente llamado capital emergente”.

En otras palabras, los ricos buenos serían los linajes centenarios, la aristocracia criolla, los padres fundadores de la patria, las familias de élite, la insigne oligarquía; mientras que los malos vendrían a ser los nuevos ricos, los igualados –¡cómo se atreven!–, los trepadores, los oportunistas.

Doña Marta, por desgracia, no está sola. Asombran las ínfulas moralistas con que un grueso parche de la alcurnia capitalina pretende, todavía, lucir el disfraz de querubín, de espaldas a los incómodos hallazgos que la mancuerna MP-CICIG viene apilando sobre la mesa de un año para acá.

Asombra también que un enorme segmento de clasemedieros, idénticamente hipócritas, se ufanen sintiéndose al margen de este enjambre de interrelaciones truculentas que conforman ‘el sistema’, en las que –resulta cada vez más obvio– el capital tradicional es contraparte del emergente en el negocio de estafar al Estado, mientras el chafarote hace transas con el narco y el policía de día es el secuestrador de noche y el marero dispara a matar con la escuadra que le vendió el ladrón que se la compró al hijo del juez que, en sociedad con el ministro y el diputado, suman esfuerzos, unen influencias y reparten utilidades en el trasiego de armas, y a todo esto los bancos “del sistema” –todos ellos, sin excepción– se ocupan ágiles de lavar el dinero mal habido, haciendo posible que fluya ya lícito el billete con el que luego le pagan el sueldo al ciudadano indignado que sale a la plaza a gritar su rechazo con pose de yo no fui.

Un 82% de la productividad formal en Guatemala está infiltrada por mafias organizadas (E. Buscaglia, 2011). Detrás de cada fortuna hay un crimen. Nuestra economía tiene su base en la acumulación del ‘sector tradicional’ (diría, mimosa, doña Marta), cuya bonanza se explica en razón de privilegios heredados de la Colonia, la evasión de impuestos, el secuestro del Estado y el despojo de tierras. Es, pues, una ‘historia de éxito’ plagada de negreros y mercantilistas temerosos de una legítima democracia liberal y renuentes ­de una economía basada en el capitalismo.

Y hablando de capitalismo, recordemos que su auge definitivo fue posible gracias al saqueo a gran escala de materias primas tras la colonización primero de América y luego de África. Hoy, el capital corporativo transnacional, sobre todo el financiero, dicta las reglas del juego y echa mano impunemente de este sistema-mundo (I. Wallerstein), dándose el lujo de poner y quitar gobiernos, torcerle el brazo a presidentes, arruinar países, depauperar sociedades y condenar a pueblos enteros.

La corrupción es el modus operandi de eso que llamamos ‘el sistema’. Pero de qué sirve decirlo: el cinismo de algunos parece no tener límites. La santurronería de otros, tampoco.

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