Miércoles 21 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Luis Alfredo Arango

Viaje al centro de los libros

— Méndez Vides
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“Somos un pueblo callado”, “somos un pueblo apagado”, afirmó el poeta Luis Alfredo Arango (1935-2001) en su novela poema Después del tango vienen los moros, mientras ambienta la narración con música de marimba que son lágrimas de un río de reposadera que todo lo arrastra, como la vida.  El poeta se nos fue ya hace casi 15 años, pero quedó su obra y la memoria de su figura discreta y pacífica.   Hay que releer a Arango para que no se nos esfume.  Fue un poeta capitalino de Totonicapán, y los estudiantes chapines deberían de comprender quiénes son leyendo sus escritos, notar la presencia de los zopilotes que planean sobre los techos de las casas presagiando la desgracia, y sensibilizarse ante el paisaje neblinoso y húmedo de la tierra, con nostalgia, pesadumbre, tristeza y ese sonido inagotable de la lluvia sobre la lámina o la teja.   Leyendo a Arango se aprende a querer a la patria, con todo el dolor del mundo.

El libro Después del tango… se publicó en el año de 1988, en una bella edición de autor, con ilustraciones de un “clarinero que vive bajo la pasarela del Trébol”, contado por “otro sanate periférico”.   Hubo otras ediciones, pero la original tiene el detalle de la mano del artista, con sus dibujos y espacios, porque apareció como el autor lo imaginó.  Algunos ejemplares  rondan aún en librerías de viejo y libro usado. “Alláaa va volando un zopilote, sobre las nubes más altas.  (…)  Los zopilotes tienen la virtud de entristecerme.  Tienen ese poder.  No bien los veo pasar y allá voy yo también, volando por el cielo inmenso y hondo”.

Nuestra identidad aflora en la prosa lírica de Arango, con olor a duraznos, propio de una tierra azotada por los relámpagos de la niñez: memoria enmohecida por el invierno secular.   En su obra, el paisaje es profundamente verde, de altas cumbres que vigilan y rodean los rincones ahumados de los vivos bajo la policromía de tejas rotas y furia apagada. Los zopes vuelan por encima del deterioro social y humano, la decadencia de nuestra nación, el imperio del “reino de las arañas”, y expone el choque cultural de los inmigrantes que han venido a la ciudad capital, a una ciudad moderna, ruidosa, llena de sanates, con la maldición de las camionetas y el aire tóxico para el alma. Guatemala es retratada como una ciudad repleta de barrios marginales y gente desubicada, pero con ternura y destino. Así lo recomienda el autor: “No le pongás atención al ruido, sino a la música”.

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