Viernes 14 DE Diciembre DE 2018
La Columna

La sastrería de don Víctor (Parte 2)

SOBREMESA

— María Elena Schlesinger
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Don Víctor era menudo de cuerpo y estatura, y sus manos, delgadas y finas. Manos de pianista, y en lugar de uñas, tenía unas pequeñas garras filosas de halcón, fuertes y curvas, limadas a propósito para su oficio, con las que marcaba fuertemente los dobleces y los cortes del traje en confección.

Frente al espejo cuadrado de su taller había una pequeña tarima de madera en donde el parroquiano se subía para realizar las pruebas. El maestro Castillo utilizaba entonces un banquillo para llegar a las alturas del cuello de su cliente; para lograr la medida exacta de los hombros o el tiro de la bocamanga, mientras el caballero vestido con su traje de alfileres, movía los brazos como si fuera cigüeña preparando el vuelo, ejercicio necesario para verificar la holgura o la estrechez de las mangas.

Con un yeso celeste de forma triangular, el sastre marcaba los puntos más importantes del saco: el corte de la solapa, el lugar exacto de los ojales y los botones, principalmente el que debía cubrir la redondez del abdomen o el lugar indicado de los bolsillos, inclusive el superior, en donde los caballeros de antes llevaban el llamado pañuelo para las damas, el que siempre se mantenía limpio porque solo se llevaba como adorno.

Frente al espejo, don Víctor pedía a su cliente que alargara los brazos para medirle el largo exacto de las mangas, medida que debía ser precisa, como dictaba la moda o el llamado Carreño de los trajes confeccionados a la medida, en donde lo pertinente era mostrar únicamente un centímetro del puño blanco y enyuquillado de la camisa.

Después venía realmente lo más complicado para el maestro costurero, sobre todo si se trataba de un parroquiano gordito y chaparro: ajustarle el pantalón a la medida de sus redondas proporciones. Había varios trucos, confesó una tarde don Víctor, cuando mis padres lo invitaron a pasar a la mesa de refacción, como solíamos degustar entonces, a las cinco en punto de la tarde, con esencia de café y champurradas: “si es gordito mi cliente”, confesó el sastre con total respeto por su clientela entradita en carnes, “está el truco de los pantalones con paletón abierto al frente, para lograr más soltura, más espacio y comodidad. Para que se sienta cómodo y sin aprietos, a la hora de sentarse en su despacho o consultorio, o bien”, decía, dejando con el mayor de los cuidados la taza sobre la porcelana turquesa del servicio, “existe el truco del elástico solapado en el cinturón del pantalón, el cual pasa totalmente inadvertido a los ojos, y su función es la de estirarse y encogerse según las necesidades específicas de las asentaderas de mi cliente”.

Sobre la mesa cuadrada de trabajo, dispuesta con varias estanterías para guardar retazos, hilos y tijeras, el maestro sastre armaba el rompecabezas del traje, pegándolo con alfileres o con puntadotas o hilvanes. Algunas veces, se confeccionaban primero en manta, “para los clientes más exigentes”, nos decía, “cuando se trata del padre de la novia o para alguno de mis clientes banqueros, quienes deben lucir siempre impecables”, apuntaba con contundencia, sabedor de su oficio.

Recuerdo muy bien al maestro Castillo, tan importante en la vida cotidiana de nuestra niñez como el doctor de cabecera que llegaba a domicilio a inspeccionarnos la inflamación de la garganta con una paletita de madera o revisar si el sarpullido era varicela o sarampión. O don Werner, el profesor judío de piano de mis hermanas, quien había logrado escapar de Berlín con todo y su piano antes del yugo nazi, cuando en Guatemala, los afanes y los tiempos eran más tranquilos y discretos, y si de moda masculina se trataba, estaba el sastre a la vuelta de la esquina, porque para toda una vida bastaba tener dos trajes, el gris oscuro para el trabajo y el negro color ala de zopilote, para vestir en casamientos y llevar en funerales.

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