Miércoles 14 DE Noviembre DE 2018
La Columna

¿LOCURA O CULTURA?

follarismos

— Raúl de la Horra
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Me quedé boquiabierto al escuchar esta semana las estrategias de defensa que han adoptado los dos exmandatarios del país, Pérez y Baldetti, ante las graves acusaciones del Ministerio Público y de la CICIG. En lugar de desmontar con argumentos las pruebas de la acusación, lo que hizo cada uno durante el juicio fue despotricar contra la persona de Juan Carlos Monzón (colaborador eficaz y antiguo cómplice y socio de los imputados) y contra el jefe de la CICIG, Iván Velásquez, acusando al primero de mitómano, mentiroso patológico y alacrán traidor, y al segundo, de extranjero insensible, egocéntrico ambicioso, además de arrogante y exhibicionista, “que debería buscar asistencia psicológica para tratar su espíritu compulsivo de llamar la atención” (sic).

Cualquiera que conozca los antecedentes y el desenvolvimiento del juicio, y que tenga dos dedos de frente, habrá escuchado con hilaridad esas acusaciones, que aparecen como una torpe estrategia de defensa con ridículos propósitos autovictimizantes para despertar algún tipo de compasión o de simpatía, tanto en el juez como en la opinión pública. ¿Pero realmente los sindicados piensan que con ese tipo de reproches “ad hominem” influirán en los criterios que el juez Miguel Ángel Gálvez tenga para dictar sentencia al final de los caminos? A mí me parece sorprendente que personas supuestamente normales utilicen esa forma de defensa, y sobre todo la expongan de manera tan infantil, tan burda y poco inteligente, lo que me lleva a cuestionar –a ellos sí– su estado mental y los rasgos de su personalidad. ¿Se habrán vuelto locos?

Sin embargo, si lo examinamos con detenimiento, tal vez no se trata de un problema mental individual, sino que tanto estos personajes que dirigieron los destinos del país, como sus socios y cómplices, amigos y enemigos, maestros y discípulos, políticos y empresarios que hoy están en prisión, así como los que todavía quedan por ser capturados, no son sino la punta de un iceberg que ha ido sedimentándose a través de las prácticas, la mentalidad, las costumbres, los valores, las creencias, las expectativas y las metas de vida bastante comunes a TODOS los guatemaltecos de la ciudad y del campo, pobres y menos pobres, desde hace siglos, para escapar de la muerte y evitar el miedo a “ser nadie”, para huir del sentimiento de falta de identidad y esconder la ominosa conciencia de ser tratados como ciudadanos de segunda y de tercera categoría. Todo lo cual, al activar actitudes como la hipocresía, el mimetismo, la lambisconería, el oportunismo, el chantaje, el cinismo, la traición y la doble moral, nos conducen espectacularmente hasta Otto Pérez Molina y Roxana Baldetti, los protagonistas principales de este drama nacional.

Termino con una anécdota: jamás olvidaré las tres ocasiones en que, siendo niño, fui testigo de cómo mi madre descubrió que las humildes empleadas de casa, a quienes tratábamos con bastante deferencia, habían robado algo. Una vez fueron prendas de la fábrica de ropa que teníamos, otra vez joyas y otra vez dinero. En las tres ocasiones, mi madre puso a la empleada de turno frente a la prueba del delito: lo robado estaba escondido en una maleta, o en un armario, o debajo del colchón. Al preguntarle a cada una por qué lo había hecho, una lloró a mares jurando que no sabía cómo las cosas habían ido a parar allí; otra se ofendió mucho y exclamó que Dios sabía perfectamente que ella no era una ladrona; y la tercera –que habría podido muy bien llegar a ser presidenta o vicepresidenta–, negó todo y se puso a gesticular con agresividad, advirtiendo que denunciaría en la inspección de trabajo a mi madre por loca y ladrona.

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