Martes 19 DE Febrero DE 2019
La Columna

Bilámparas

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda > lacajaboba@gmail.com
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Fue en el 2010, en un viaje a la Laguna del Tigre, sumida en la vastedad del remoto Petén. Íbamos mi amigo el Mono –el único que me hizo yemas, no como el resto de capitalinitos acomodados– y yo.

Nos llevó sor puta de bus en bus hasta llegar, con escasas provisiones, casi al atardecer, a Paso Caballos. Para colmo, el guía previamente contactado no respondía las llamadas, de modo que tuvimos que zarpar de Santa Elena sin él.

Dos novatos temerarios, una selva por delante. Para agarrar valor tropezamos en la única tienda del pueblo, bebimos media docena de cervezas sin refrigerar, léase tibias, hicimos un par de preguntas y la providencia, vestida de imperiosa necesidad rural, se encargó de traernos a dos locales que, pago de por medio, acordaron cargar con nosotros en lancha, río abajo, jungla adentro por el cauce del San Pedro.

Las últimas luces del día derramaron su orgía violácea poco antes del llegar al campamento, un rancho para guarecerse de la intemperie, sin paredes, pero con vigas para colgar hamacas y mosquiteros. Esa noche de mayo cayó el primer aguacero del año, y a la mañana siguiente brotaron de sus larvas, hambrientos, implacables, los zancudos. Densas nubes de ellos. El calor y la humedad formaban un vaho pegajoso.

Caminamos al encuentro de Waka, sitio arqueológico del Preclásico maya. El sendero era una cadena doliente de tumbas y montículos saqueados: docenas de boquetes sin pudor ni disimulo. De regreso, saliendo de las ruinas, el Mono me dio la mitad de un papelito de LSD. Él se tragó la otra con el agua de la cantimplora.

Transcurrieron treinta, cuarenta y cinco minutos, una hora; pasamos el destacamento militar, saludamos, seguimos caminando. En eso, me detuve a orinar… pero los árboles, el follaje entero siguió de largo, difuminándoseme, nebuloso, sin frenar conmigo. Entonces lo supe: Ya me pegó el ácido. Ondulante, a ratos acentuado, a ratos más leve. Rico.

Volvimos al campamento y pasamos el resto de la tarde en pleno alucín, chapoteando en el río, sacados de la pena, atorados de la risa. Una pareja de guacamayas cruzó de una a otra orilla por encima de nuestras cabezas.

Ya entrada la noche nos cautivó el fulgor de una especie de luciérnagas gigantes. Una tras otra se acercaban curiosas, inquietas, veloces como libélulas; flotaban de pronto, suspendidas en el aire, oteándonos de cerca y huían zumbando, perdiéndose en la negrura. Níveas, resplandecientes, parecían hadas.

“Son bilámparas”, explicó uno de los guías, como si nada, viéndonos la jeta de idiotas. Anoté el nombre en mi bloc. Busqué, luego, la palabra en internet. No hallé rastros de esos pasmosos bichos.

(Meses más tarde Colom, el muy basura, firmó la prórroga y entonces Perenco pudo seguir profanando 25 años más la zona, área protegida, reserva natural, biósfera menguante).

Regresé en el 2013: el margen sur del río era ya una vasta planicie deforestada por obra y gracia de los todopoderosos Zetas. De noche fuimos a dar un paseo en lancha, linterna en mano, por los alrededores. Ahí mismo donde tiempo atrás me zambullí a mis anchas encandilamos a una treintena de cocodrilos. Seguro había muchos más. Sus ojitos villanos brillaban rojos como lumbre de cigarro.

Admito que las bilámparas me parecieron menos grandes, aunque igual de traviesas que la primera vez.

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