Sábado 20 DE Abril DE 2019
La Columna

El arte de la mentira

Lado b

— Luis Aceituno

Otto Pérez Molina está enojado, harto, de Juan Carlos Monzón, de la CICIG, de Iván Velázquez, de Thelma Aldana, del MP, de sí mismo, de Guatemala, de la humanidad entera. Nadie le explicó que meterse a política fuera esto. Él, en principio, sabía aplicar la fuerza, la mano dura, confundir al enemigo con estrategias de “inteligencia”, hacer hablar a gente torturada. Era un soldado con vocación mercenaria y tenía lo que se llama don de mando y un extenso currículum para demostrarlo. Esa fue su moneda de cambio para acceder a la Presidencia de la República. El hombre que recuperaría al país de la anarquía de la socialdemocracia, una clara derivación del comunismo internacional contra el que él luchó arrasando poblaciones enteras en el área de Quiché. Siempre temió que lo agarraran por eso, por matar gente desarmada en pro de lo que él llama “sus ideales”, pero, ironías de la vida, lo terminaron agarrando por ladrón.

Mientras declara ante el juez, piensa y dice que podría estar en cualquier otro lado, lejos de ese tribunal que comienza a parecerse demasiado a un circo romano, lejos de ese cuartel infecto en el que se le tiene encarcelado, lejos de Roxana, de Juan Carlos, de la familia, lejos de todo. Navegando libre al viento, en un yate de lujo por un mar desconocido, sin pasado, sin presente, sin futuro, sin todo eso que irremediablemente lo incrimina. ¿Por qué no tomó el dinero y huyó como cualquier delincuente común y de poca monta? Lo piensa, lo dice, pero intuye que en su condición no hubiera podido llegar ni a la frontera con Honduras. La persecución es un infierno y él lo sabe, porque ha sido a su vez perseguidor y perseguido.

Lo que atormenta a OPM es la mentira. Ha sido su territorio natural desde sus tiempos como oficial de inteligencia. Manipular la verdad fue una de sus estrategias políticas más eficientes. Como candidato a la presidencia gastó recursos y dinero para limpiar su oscuro pasado militar durante los años ochenta. Toda su campaña se fundamentó en la desinformación y su gobierno en una propaganda grosera de logros inexistentes que intentaban esconder el saqueo absoluto del Estado. Desde sus departamentos de espionaje, sus niveles 13, vigiló a todo el mundo, menos a Juan Carlos Monzón, quien con lujo de solvencia logró estructurar una red criminal a sus espaldas. Pero nada es cierto. Monzón es “mitómano” (sic), Iván Velázquez de la CICIG un “egocéntrico” (“egocentrista”, dice él) y él un militar “institucional” víctima de la mentira, como aquella Amanda Miguel de finales de los años setenta.

A Roxana lo que le molesta es que la CICIG sea “misógena” (sic). La conciencia de género le nació tarde y aún tiene problemas con la terminología correcta. Su problema, además de ser mujer, es que también es italiana, dice, y no comprende muy bien qué jodidos está haciendo sentada ahí en lugar de andar de compras por las calles de Turín. Ella, como vicepresidenta, contrató a un tipo al que apodaban “robacarros” y su buena fe de mujer europea y cristiana practicante la hizo confiar en él, pero el hombre le pagó mal blanqueando capitales y comprando casas a su nombre. Ahora se ve obligada a residir en Santa Teresa, tan lejos de los Apeninos y del Mediterráneo. Hombres necios, todos…

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