Viernes 21 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Manifestarse

follarismos

— Raúl de la Horra
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Es importante aprender a manifestarse y decir lo que se piensa, lo que se siente, lo que se quiere, tanto en el plano individual como en el colectivo. Es un derecho fundamental. Sin embargo, no es algo a lo que nuestros padres y nuestra sociedad nos hayan acostumbrado, puesto que las tradiciones autoritarias en el país vienen desde épocas precolombinas, y cualquier intento de cuestionar los poderes teocráticos, militares o económicos de las élites dominantes en nuestra historia, ha sido por lo general castigado con dureza, incluso hasta con la muerte.

Particularmente, en la época del conflicto armado interno (1960-1996), tan solo el hecho de que alguien se interesara en la edificación de una sociedad respetuosa de los mandatos inscritos en la constitución relativos a los derechos humanos elementales, constituía un delito que se pagaba con la vida. Cualquier discusión, comentario o lectura sobre el tema era considerada como un acto insurgente que le causaba terror al orden establecido, y fue así como miles de jóvenes idealistas, intelectuales y líderes políticos, fueron acribillados o desaparecidos por los trogloditas militares que controlaban el país con la asesoría de los procónsules del Imperio.

Los sectores oligárquicos, abarrotados de privilegios que ni siquiera fueron en su mayoría frutos del genio y del trabajo tesonero y honesto, sino más bien -como casi todas las grandes fortunas-  producto de servilismos, chanchullos, favores, despojos, violencias, explotación y braguetazos célebres ya olvidados por los mismos beneficiarios, se constituyeron en un poder de naturaleza y funcionamiento medieval de tipo absolutista, que con el tiempo permitió que se aproximaran también al selecto club los sirvientes habituales, es decir los militares, lo que derivó en un orden económico basado en la corrupción orgiástica y en la explotación desordenada y sistemática de los recursos del Estado, llegando incluso a realizar inconfesables alianzas con los capitales emergentes surgidos del contrabando y del tráfico de drogas.

Hoy, gracias a un cambio de la política imperial hacia Guatemala, el Salvador y Honduras, consistente en apostar por la democratización política y la modernización de las estructuras económicas de la región con el fin de evitar en el futuro la hemorragia de cientos de miles de emigrantes centroamericanos dirigiéndose a los Estados Unidos para escapar de la tradicional miseria que reina en estos países, y gracias también al increíble aterrizaje en nuestro apestoso estercolero de esa extraña nave o prótesis extraterrestre que es la Cicig, con un apacible y determinado Batman a la cabeza, se nos abre al fin la ocasión de abandonar  el siglo dieciocho para introducirnos poco a poco en el siglo veinte (el siglo veintiuno nos queda aún lejos) en lo que respecta a nuestra mentalidad acerca de lo político, lo económico y lo social.

Las manifestaciones masivas en plazas, calles y otros lugares emblemáticos son esenciales para sacar a luz nuestras necesidades y acuerdos o desacuerdos sobre lo que queremos como sociedad. La manifestación que está convocada para hoy en la tarde en la Plaza de la Constitución, y cuya consigna principal es contra la corrupción y la impunidad, busca apoyar los procesos aún tímidos pero valientes que se están dando para desmantelar los hábitos y prácticas convertidos en una cultura tan densa como la pared contra la cual nos estrellamos cada vez que intentamos saltar desde la tribu y el feudo, hacia la anhelada modernidad. Así que bienvenidos a la manifestación, y ojalá se convierta en el inicio de un tsunami que nos convierta a todos, poco a poco, en ciudadanos de verdad.

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