Martes 15 DE Enero DE 2019
La Columna

Lo autóctono y la academia

MondoSonoro

— Jorge Sierra
Más noticias que te pueden interesar

Roberto Pérez Chamalé es un joven pianista de ascendencia kaqchikel. Como pocos músicos en Guatemala, este egresado del Conservatorio Nacional de Música, expresa un compromiso por difundir a los creadores guatemaltecos. Como lo demostró de nuevo el pasado miércoles 8, en el Teatro de Cámara, del Centro Cultural Miguel Ángel Asturias como parte del Festival de Junio, en el concierto Sonoridades de dos culturas.

Ya antes, este músico había presentado sus recitales con antología de obras escritas exclusivamente por pianistas nacionales. Es decir, a los que casi ninguno le presta atención. Ahora, profundiza más y muestra su deseo de incluso entronizar la música autóctona con la música académica. Igual, como pocos.

En la primera parte, presentó cinco obras curiosas: Danza del Rey Quiché, música que suele tener una danza, esta vez solo piano y tambor indígena a cargo del maestro Edgar Muñoz; Dúo Pito y Tambor, y Dulce Amatitlán, esta última llamó la atención por las tímbricas tan disímiles y por la inusual forma de escuchar piano acompañado de chirimía (Agustín Quiacaín) y tambor (Francisco Pop), músicos de San Pedro La Laguna, Sololá. Y las dos siguientes originales de Pérez Chamalé, Variaciones sobre el Son Barreño y Fantasía sobre el Son Neblina. En ambas, entre el piano y el tambor se desplazó con agilidad para delinear la melodía el tzijolaj (Julio Flores). El piano siempre brilla. Pero en todo hubo un detalle: el deseo que ese instrumental conviva en el mundo académico.

Tal fue su objetivo que cuando se presentó el Concierto para piano, orquesta y voces No. 1, Opus 23, escrita por Juan de Dios Montenegro, se abordó en mucho con instrumental autóctono. Pérez Chamalé le pidió una adaptación audaz a Maynor Fuentes con características que respondían a su imaginario. Así, la orquesta fue sustituida por marimba (Marimba de Concierto del Palacio de la Cultura) y se utilizó de nuevo tambor y tzijolaj, amén de un coro de 25 voces (Coro de la Usac). El cuerpo de la obra mantuvo el mismo espíritu, es decir, hubo drama, alegría, pero también identidad, bordada con matices y cambios, y de guinda un desenfadado pianista que recordó que su maestro Juan de Dios Montenegro fue influido por Chopin, Liszt, pasando por Shostakóvich, Rachmaninoff y Prokófiev. Y eso estuvo allí.

mondosono2003@yahoo.com.mx

Etiquetas: