Jueves 15 DE Noviembre DE 2018
La Columna

José Martí en Guatemala

Viaje al centro de los libros

— Méndez Vides
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La biografía de José Martí más apasionante es la del cubano Luis Toledo Sande, titulada Cesto en llamas, porque muestra a José Martí como un genio rebelde e iluminado, mártir y soñador, ángel de carne y hueso que encarnó el sueño universal de la libertad. Y para nosotros, esta obra presenta además una radiografía fascinante de nuestro país en los tiempos de Justo Rufino Barrios.

Martí vivió en Guatemala entre abril de 1877 y julio de 1878. Entró por Río Dulce luego de un viaje en canoa desde Mérida, y atravesó en mula el territorio hasta llegar al Valle de la Ermita. A finales del año se marchó a México a casarse y regresó nuevamente por tierra ya con su pareja, atravesando “cerros y ríos caudalosos”, salvándose de las cuadrillas de ladrones gracias a la protección que se le otorgó. Fue corta su estadía, pero recorrió casi todo el país, que luego describió cariñosamente en su obra Guatemala.

En la biografía de Toledo se revela el lado sórdido de la experiencia de Martí en nuestra tierra. Vino siendo apenas un muchacho de 24 años que ya había estado en la cárcel, conocido el frío de los grilletes y el sabor del destierro. Estudió Leyes en España y ejerció la literatura, y el periodismo en México, y fue bienvenido como bocanada de aire fresco, lo que fue cambiando rápidamente una vez se estableció en el país y aceptó trabajar en docencia, porque pronto sintió el embate de las intrigas. Los conservadores lo rechazaron y los “liberales sedicentes, que de inteligencia y corazón aquí no los hallo”, le negaron el espacio. Martí llamó “año negro” a su estadía en Guatemala y deseaba marcharse a buscar otros años azules en otras latitudes, exclamando “¡Quién sabe si el permanente azul no es de esta tierra!”. Al principio fue casi endiosado, como es común con la gente brillante que nos visita, pero apenas se estableció empezó a opacar a los intelectuales de entonces y a los políticos de turno, quienes lo obligaron a poner la cabeza bajo la guillotina.

Las deudas lo retuvieron y optó por considerar el resto de su estadía como una condena penitenciaria. Describió a Guatemala como “un pueblo que se ha movido poco”, “sin círculo literario, sin hábito de altas cosas”, “sin prensa, sin grandes motivos naturales”, “de manera que mi fuego íntimo es contenido por mis urbanidades y por mis temores”. Un país donde debía inhibir su ardor y contenerse por miedo, experiencia que aún no se esfuma por completo del panorama nacional.

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