Domingo 18 DE Noviembre DE 2018
La Columna

De zoológicos y de circos

follarismos

— Raúl de la Horra
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Usted pensará que este artículo tiene que ver con nuestro país y con la manera como tradicionalmente ha sido tratado el pueblo, restringiéndole sus legítimos derechos y libertades gracias a la imposición de barrotes y jaulas económicas y sociales y al ofrecimiento de poco pan y mucho circo, con malabaristas y payasos de pésima calidad, telenovelas y programas hechos por idiotas para idiotas, y noticieros y emisiones religiosas más soporíferas que el opio y el himno nacional juntos. Salvo este último año, en el que el circo se mejoró notablemente con la llegada del Batman colombiano a la CICIG, lo que hizo que los espectáculos actuales se hayan mejorado y apunten a cambios importantes en la arena.

No, no me referiré a este tipo de zoológico ni a este tipo de circo. Hablaré más bien del zoológico real, de ese que tenemos en la zona 13 de la ciudad capital y que ha significado desde siempre, para grandes y chicos, la posibilidad de descubrir el mundo de la selva y la naturaleza. Confieso que sin las repetidas visitas que hice allí de niño, en las que aprendí a identificar y a amar algunas de las especies más importantes del planeta, probablemente jamás –o muy difícilmente– me habría sensibilizado hacia las múltiples riquezas animales que existen. Cuando voy a otro país, lo primero que hago es visitar sus zoológicos y esto me trae cierta paz y cierta reconciliación conmigo mismo y con el mundo, porque aunque nos miremos lejanos, todos estamos más hermanados y enjaulados de lo que parece.

No comprendo a las personas que se oponen a la existencia de los zoológicos. Un zoológico bien cuidado, con estándares modernos, permite que las especies que allí habitan no se sientan más estresadas o en más peligro de lo que se sentirían en la selva, tratando de sobrevivir. Incluso las condiciones de cautiverio a veces son tan buenas, que llegan a reproducirse y a vivir más años que en su medio natural. En cambio, el beneficio pedagógico y espiritual que tiene para los niños el hecho de visitar zoológicos bien cuidados, es mil veces más sano e importante que la utópica o idílica libertad que tendrían esos animales si se les devolviera a su hábitat original (al cual ya no se adaptarían y no sobrevivirían).

En cuanto a las disposiciones judiciales que se han tomado en diversos países y municipios para prohibir que haya circos con espectáculos de animales, pienso que aunque la idea es fundada y sensata, tiene efectos tan perversos, que hacen que la cura resulte mil veces peor que la enfermedad. Porque nadie ha pensado en lo que hicieron o hacen los circos para desembarazarse de los animales que ya no les traen ningún beneficio (antes, uno de los atractivos de los circos para los niños era el ir a ver a los animales en sus jaulas). No logran venderlos y tampoco regalarlos, entonces el único camino es la exterminación. Tan solo en el perímetro del Distrito Federal, en México, cuando salió esa ley, había más de doscientos circos. ¿Qué cree usted que pasó con todos los animales? Además, muchos de los circos tuvieron que cerrar y declararse en quiebra. Esa es, pues, la consecuencia de tomar medidas “humanas” en beneficio de los animales, pero de manera irreflexiva e inoperante.

Y bueno, volviendo a nuestro circo doméstico. Es cierto que la única, sana y justa diversión que nos queda por el momento a los ciudadanos del inmenso zoológico en el que vivimos, es el ver bajo rejas a toda esa especie de depredadores que nos habían gobernado con nuestro consentimiento y que volverán, por fin, al único hábitat en el que merecen podrirse hasta su extinción absoluta.

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