Martes 23 DE Abril DE 2019
La Columna

Un traidor afán

buscando a syd

— Maurice Echeverría

Seguir la vocación de escritor –por muy auténtico que sea el “llamado”– no garantiza nada, no significa que uno vaya a ser feliz.

Hay quienes creen que sí, pero eso es pensamiento mágico.

No hay que descartar los momentos de plenitud. Pero tampoco sería sabio olvidar la frustración.

Comprendan que este brete de la literatura lo crucifica a uno innumerables veces. Me gustaría decírselo a quienquiera esté considerando volcarse a tan traidor afán.

Lamentablemente, y dado que hoy la escritura gana popularidad en el universo de los oficios, se multiplican los ingenuos que creen que van a encontrar en la literatura el divino shangrilá.

Yo le recomendaría vivamente a la mayoría de las personas que consideran dejar su trabajo para dedicarse a eso de redactar cuartillas que lo piensen un par de veces. Puede que algún día amanezcan en un cuarto sucio y sin un riñón en el costado. Es un asunto de prudencia.

El caso es distinto para aquellos que de veras son escritores. Esos no pueden no escribir. No cuentan con el lujo de escoger. Su maldición será, para siempre, la de Quemarse Con La Palabra. Es, por seguir a Capote, el látigo que Dios les dio.

En 2003, ingresé al universo inestable de la redacción independiente. Fue la última vez que tuve un trabajo de veras fijo, con la sola excepción de unas semanas breves en una agencia de publicidad, en donde laboré sin gloria por razones económicas.

Tomar la decisión de renunciar a un trabajo sólido para dedicarme al naipe vaporoso de la redacción no fue de ningún punto de vista fácil. En la distancia, lo veo con cierto humor, pero en aquel momento había un abismo rojo y real debajo de mis pies.

Que sigue estando ahí.

Es cierto que he logrado hasta el día de hoy –esto es: trece años más tarde– mantenerme a flote, gracias a la redacción corporativa, el periodismo de opinión y cultural, esporádicamente gracias a uno que otro proyecto creativo.

Pero Dios sabe lo que eso ha costado. Cristo santo. Pienso en los innumerables correos que nunca recibieron respuesta… En la angustia de no tener a nadie a quién venderle un artículo… En tantas jugosas ofertas literarias, solo existentes en el país de los unicornios… En ese trabajar infinito por un cheque siempre de nada.

En verdad ser escritor no es cosa de soplar y hacer botellas. Para empezar, uno tiene que encargarse de toda la enchilada: generar negocios, malabarear con los flujos de trabajo, flirtear con los clientes, perseguir a los morosos, la difusión y social media…

Y todo lo demás.

A veces es tanto el trabajo que la vida se vuelve una pesadilla de deadlines… Pero luego otras veces la onda se torna glacial: nadie nos contrata, nadie reclama nuestro talento.

Será porque es dudoso.

¿Que si ha valido la pena la cosa de la escritura? Podría decir, con el replicante de Blade Runner, que he visto cosas que ustedes no creerían. Pero también podría decir, siguiendo el parlamento, que todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia.

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