Jueves 14 DE Noviembre DE 2019
La Columna

Una vida

buscando a syd

Fecha de publicación: 26-05-16
Por: Maurice Echeverría

Todo empieza en la indeterminación, que también podemos llamar caos. Es un mundo de salvajes esfínteres aún no domesticados; de retazos perceptuales sin orden ni concierto; de terrores profundos en lo profundo de la noche; de precarias estabilidades y vergazos seguros. Es cierto que poco a poco el infante empieza a juntar alguna clase de equilibrio. Pero el ego, en su primera formación, es tan vulnerable, que apenas nos ayuda a sobrevivir en el patio del colegio. Los padres hacen lo que se les da la gana con nosotros. No tenemos las condiciones ni los recursos materiales e interiores para gerenciar la propia existencia. Lo cual es muy frustrante. Con lo cual terminamos metidos en el ático, rumiando frustración, y cada vez que salimos un poco, para socializar un tanto, resulta que solo emanamos torpezas, por las cuales nos odiamos otra vez. Y odiando a los otros que, como es sabido, son unos cabrones. En ese desconecte, empezamos a tirar patadas para todos lados y a consumir cocaína pésimamente cortada, hasta caer en la frenética cuneta.

Con alguna suerte entendemos que no hay por qué quedarse ahí. Con lo cual empieza un proceso de expansión. Hay un llamado a encontrarse a uno mismo, una curiosidad natural hacia el prójimo, y en términos generales un impulso a navegar en ese cuarto vasto y proteico llamado mundo, con todas sus amplias fractalidades. Es la etapa de investigación. Por supuesto, es muy posible que uno termine incluso más perdido en tanta búsqueda, extraviado en una superabundancia de referencias.

Sin embargo en algún momento podemos empezar a distinguir lo que funciona de lo que no funciona. Y lo que funciona mejor de lo que apenas funciona. Podemos empezar a tomar decisiones, amasando así una identidad clara.

Pero ojo: una identidad clara, un mapa preciso, no bastan. Hemos comprendido algo, es cierto, pero eso tiene que dar lugar a una práctica, a una fase de metabolización. El aprendizaje teórico aquí pierde poder. Siempre se sigue aprendiendo, por supuesto, pero uno ya no es dependiente de ese aprendizaje, porque la madurez es la capacidad de generar conclusiones propias y de enhebrar sistemas propios de realidad. También hay una poderosa toma de responsabilidad, en todos los
niveles.

La práctica es una cosa que sigue hasta el final, pero eventualmente hay que alargar la mano y tomar los frutos. Para eso están ahí. Es lo que llamo gozo. Gozo, aclaro, no es ausencia de dolor, sino comunión con el dolor. En este lugar, el proceso de transfiguración alcanza una claridad notable. Y como expresión de ese gozo, compartimos con los demás las “buenas nuevas”: vivir es concebible, posible y deseable.

El peligro está en no soltar tantísima beatitud. Pero de hecho lo orgánico es renunciar a ella. Las señales de que es hora ya de retirarse están ahí. La energía cae. La próstata se enferma. Los amigos mueren. Y nosotros también. Algunos quisiéramos quedarnos así, bien muertos, hasta el fin de los tiempos, pero eso es demasiado cómodo. El baile ha de recomenzar, porque tal es la naturaleza del baile.