Martes 11 DE Diciembre DE 2018
La Columna

Los Césares

Viaje al centro de los libros

— Méndez Vides
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En una de las librerías Artemis-Edinter descubrí recientemente dos volúmenes de los ensayos de Thomas De Quincey (Manchester 1785 –Edimburgo 1859), publicados por la editorial madrileña Valdemar, en su colección Letras Clásicas. Los adquirí con deseo y voluntad de encerrarme algunos días a disfrutar del banquete, lo que no ha sido posible, pero voy gradualmente encontrando el tiempo para leer, subrayar, releer y anotar al margen mis impresiones.

Uno de los volúmenes está dedicado a los Césares, y relata la historia del Imperio romano desde el punto de vista de un inglés en los años cuando los británicos ya se extendían por todo el mundo. Comenta con asombro el cambio de la República al estilo dictatorial de su fundador, y nos lleva de la mano a través de las anécdotas más fascinantes de cada uno de los Césares, que de nombre propio pasó a ser título de los sucesores: “siete siglos de crecimiento exigen uno o dos al menos para un palpable declive; y solo es propio de imperios arlequinescos, como el de Napoleón, que transcurran con la rapidez de una pantomima”. El ataque tradicional británico a los franceses le pone pimienta al texto.

No es un libro de historia, no relata los hechos sistematizados sino ilustra literariamente las rarezas de sus protagonistas, como argumento de novela, y así lo expresa con plena conciencia: “mencionaremos un caso de la vida del emperador Commodus, que es lo suficientemente entretenida como para formar el argumento de una novela, pero también autentificada como cualquier otro pasaje en ese reinado”, y relata la anécdota contada por Herodiano del esclavo de Transilvania que se liberó y emprendió la guerra al Imperio, pero en lugar de caer acorralado en su tierra combatiendo, emprendió la aventura del Danubio hasta el Tíber, atravesando los Alpes, para asesinar al César en su dormitorio en Roma.

La obra está plagada de latinismos y citas en griego, con traducciones en nota aparte porque para De Quincey los idiomas muertos eran lengua franca de los intelectuales. Motivo de más para sentir vergüenza por la débil instrucción nacional actual en letras y en la patria de Landívar. No es lo mismo leer traducciones de un verso de Horacio, que experimentarlo en su medida y sonido naturales. Pero en fin, como dice nuestro Presidente: “de todo corazón, yo solito no puedo”.

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