Sábado 16 DE Noviembre DE 2019
La Columna

El cartero siempre llama dos veces

Lado b

Fecha de publicación: 24-05-16
Por: Luis Aceituno

Mi tío René Méndez Mollinedo trabajó casi toda su vida en la Dirección de Correos. Había estudiado para técnico postal, o algo por el estilo, en Argentina y se sentía orgulloso de pertenecer a una institución clave para la apertura y modernización del país, así decía. Yo debo de haber tenido cinco o seis años cuando me mostró los recovecos del Palacio de Comunicaciones de la zona 1 y, por supuesto, quedé fascinado. También me presentó a El Cirujano, el mejor luchador rudo de Guatemala que, a pesar de comer carne cruda como contaba la leyenda, era un cuate bastante simpático que me hizo jurar que no revelaría por nada del mundo su identidad real y secreta. Juan Lona, le decían, y era cartero, un gremio con el que me relacioné plenamente cuando mi tío se ocupó de la oficina postal de La Antigua Guatemala. Les ayudaba a ordenar la correspondencia y les preguntaba cosas como cuántas cartas se recibían de China o de África, de lugares que se me antojaban míticos y misteriosos. También logré armar una colección más o menos correcta de estampillas y hasta llegué a cartearme con gente dedicada a la Filatelia.

Para mí el correo siempre ha significado civilización, noticias de otros lugares con vidas más amables y plenas, cartas, revistas, libros, discos. Por eso es que –a pesar del email, del Facebook, del Whatsapp, del Skype, del Viber–, la noticia del cierre del servicio de correos nacionales en Guatemala, me hace sentir habitante de un territorio perdido y olvidado, alejado de todo, replegado en sí mismo, similar a esos pueblos neo medievales y pos apocalípticos en donde Kevin Costner trataba de restaurar el tejido social a base de cartas e informaciones. La película se llamaba El Cartero.

El problema no es de ahora, me recuerdan. Hace demasiado tiempo que en Guatemala el servicio de correos nacionales es inexistente, desde antes del Internet. Había una oficina que ostentaba el nombre, pero enviar algo por su medio equivalía a tirar una botella al mar con un mensaje adentro. Lo más seguro es que terminara en un hoyo negro. Lo mismo ocurría en dirección contraria, si alguien en Alemania, por ejemplo, decidía enviarte algo. La persona, asumiendo que el mundo es un concierto de lugares civilizados, iba a la oficina postal de su cuadra y asunto arreglado. A los cuatro años, recibías en tu buzón un papelito pidiéndote que te presentaras a la oficina central del correo para retirar un envío. Al llegar te pedían disculpas por haber tenido que romper el paquete para cerciorarse de que no transportaba una bomba terrorista o alguna sustancia alucinógena. Por lo demás, tenías que pagar no sé cuánto de impuestos, pues a tu cuate se le había ocurrido mandarte a regalar un libro y esos objetos misteriosos pagan gravámenes en Guatemala. A quién jodidos se le ocurre leer en los tiempos que corren.

Cuando viví fuera de Guatemala, las oficinas de correos de cualquier ciudad del mundo se convirtieron para mí en lugares familiares y cotidianos. Ahí hacía hasta citas amorosas. Como en mi niñez, entablé relaciones amistosas con los carteros del barrio. Llegamos a entendernos por señas. Si me encontraban por la calle, asentían o negaban con la cabeza para informarme sobre la correspondencia. A muchos de ellos les regalaba los sellos. Su trabajo siempre me pareció de lo más respetable.

Para hacer mi duelo, pienso en canciones que ya casi han perdido todo sentido, Mr Postman de los Beatles y The Letter de los Box Tops en la versión de Joe Cocker. Ya nos veremos en la Edad Media.