Viernes 22 DE Febrero DE 2019
La Columna

Los clásicos

Viaje al centro de los libros

— Méndez Vides
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La experiencia literaria se sucede al momento de la lectura, cuando la imaginación del lector actúa sobre el producto de otra imaginación, y se verifica el acto creativo. La obra que dice a todos lo mismo podría ser un modelo de claridad o algo tan simple como un instructivo para armar un juguete o una librera, porque en la realidad no ocurre así. Si es literatura, el prodigio se sucede y cada lector está ante una construcción diferente.

La literatura antigua, la de los griegos y latinos es un claro ejemplo del poder de la imaginación, porque usamos la memoria para ayudarnos en el acontecer diario y la imaginación para enfrentar nuevas disyuntivas, pero ante la mitología caemos siempre rendidos, confundidos y sorprendidos.

La literatura arcaica es la fundadora, y por lo tanto, junto al yugo de la novedad, deberíamos de mantener siempre un pie firme en el estímulo de los clásicos. Los viajes de los griegos al Hades o Más Allá, son insuperables. Hombres heróicos emprenden la aventura, cruzan el mar misterioso siempre a punto de naufragar, pasan pruebas exóticas, cruzan entre las piedras que se abren y cierran e ingresan al mundo misterioro de los muertos, en donde se encuentran los vivos con los grandes del pasado, y allí retan a los dioses o los vencen, consultan oráculos, se vengan, rescatan a su amada, o, como sucedió con Ulises, se limitan a preguntar qué hacer para regresar al origen, y vuelven tras un largo recorrido humano, sin más logro que la experiencia de la aventura.

Eurípides es otro de los grandes, el exterminador de la tragedia, dicen, aunque con Las Bacantes logró la propia, y nos impresiona con la vida de Penteo, empeñado en oponerse al dominio del dios extranjero Dionisio, quien llega con sus costumbres de placer a pervertir a las mujeres. El madatario decide acudir disfrazado a presenciar la ignominia, y se viste de mujer, y como travesti espía la vida disoluta del nuevo orden. Es descubierto por las mujeres, quienes lo linchan desmembrándolo. La madre se encarga de llevar a la ciudad la cabeza del vencido, y solo entonces advierte que la víctima era su hijo disfrazado. ¿Cuál es el sentido? Quizá que no hay que oponerse a los cambios de generación. ¿Habla del final del conservadurismo? La historia sigue ofuscando, tan fresca como en sus días de esclavos y frías columnas a la entrada de los palacios.

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