Lunes 19 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Importancia de la memoria

follarismos

— Raúl de la Horra
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Cuando era patojo me conseguí un método para ejercitar la memoria. En esa época yo estudiaba psicología y daba clases en un par de colegios de la capital. Como me encantaba mostrar mis habilidades memorísticas, pedía a los alumnos que dictasen cien palabras al azar, una por una, y que alguien las anotara en el orden de aparición para guardar la lista. El procedimiento duraba unos diez minutos. Acto seguido, yo me lanzaba a recitar las cien palabras en orden, de una a cien y de cien a una, ante el asombro general. Y si me preguntaban, por ejemplo, ¿cuál era la palabra treinta y dos, o la cincuenta y siete, yo la decía sin vacilar, lo que, por supuesto, desencadenaba aplausos y gritos de admiración que inflaban mi ego.

El entusiasmo y el dominio de esas técnicas fue tal, que llegué a meterme en la cabeza todos los teléfonos de mis conocidos. Por un sistema relativamente sencillo que transformaba los números en letras y las letras en frases asociadas a cada persona, llegué así a retener unos doscientos teléfonos. ¡Doscientos! ¡Como para volverse loco! Con sólo pensar en alguien, automáticamente surgía una frase vinculada a ese alguien, la frase era decodificada en números, y ¡voilá –como dicen los franceses–, aparecía el número! Y todo marchaba color de rosas, hasta que un amigo vinculado a un grupo guerrillero me advirtió sobre el peligro de tener demasiada información en la cabeza, porque si por mala pata me agarraba la policía un día y lograba hacerme cantar, eso podría ser fatal para algunos de mis conocidos.

Dicho y hecho. ¿Saben lo que pasó? Que me deshice de todos los números de teléfono. ¿Cómo? Pues el miedo que me había metido aquel compañero fue tan, pero tan fuerte, que tuve como una especie de conversión, como cuando vives una revelación que te hace cambiar de chip y a partir de allí ya no eres el mismo. Así me sentí. No sé exactamente cómo sucedió, lo cierto es que al día siguiente, cuando me levanté de la cama, no tenía ya ningún número de teléfono registrado en la cabeza, fue como si me hubieran dado un mazazo y de pronto todos los números se habían esfumado, o como si yo mismo me hubiera dado el golpe o hubiera puesto una cortina encima de las neuronas concernidas. Pero lo más curioso fue que desde entonces, jamás pude retener de nuevo un número telefónico, ni siquiera el mío propio, y que hasta el día de hoy tengo problemas en ese sentido.

Dicen que tener buena memoria implica también saber olvidar los malos momentos. Cierto. Pero tampoco se puede andar por la vida desmemoriado como una lechuga, viviendo un presente a-histórico cargado de buenas intenciones o maquillado de beatitud estupidizante. Tener buena memoria no es sólo recordar datos o números de teléfono –esto es anecdótico–, sino desarrollar el sentido de la identidad y de la pertenencia conociendo bien la historia personal y familiar, así como la local y la mundial. Tener buena memoria es batallar contra la impunidad, por la justicia y la dignidad humanas, y exigir que tanto la Sociedad Civil como el Estado se involucren con decisión y coherencia en esas luchas.

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