Lunes 19 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Manos de iguana

SOBREMESA

— María Elena Schlesinger
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Sus manos eran pequeñas y huesudas, estiradas a la fuerza a costa de largos ejercicios de piano. Tenía los nudillos de las falanges engrosados por el tecleo constante para llegar a las octavas, necesarias para interpretar las sonatas y conciertos con las que la jovencísima María enamoró a mi padre.

Cuando yo nací, el piano ya no estaba en la casa. Había ido a parar a la Casa del Niño, pues con los oficios y quehaceres que demandaban seis hijos, un perro y un esposo no alcanzaba el tiempo para dedicarse a los menesteres de la música. En aquellos días, sus manos eran manos de directora de orquesta, las que manejaban con destreza natural una pléyade de niños, adolescentes, empleados, vecinos y locos que vivíamos felices y contentos en el Callejón Normal. Sus manos dirigían con habilidad admirable la cotidianidad y nos suplían amorosamente y con inteligencia todos los huequitos de la vida familiar.

Eran manos múltiples de pulpo, porque siempre estaban cerca, en el lugar indicado y necesario, para darnos la recompensa amorosa o para el consuelo, diciéndome con señas, por ejemplo, “ya te irá mejor en gimnasia haciendo la paradilla o la vuelta de gato”, o con la bendita ortografía, clase que me dio los mayores dolores de cabeza en mis años escolares.

Sus manos fueron manos amorosas y gratificantes. Me hicieron sentir única, inteligente y segura, aunque mis notas de colegio no atestiguaran tal atrevimiento y haber ostentado durante toda mi niñez dos tremendos dientes de conejo al frente de mi boca. Sus apretones de manos fortalecieron siempre mi espíritu, inclusive en el cementerio, cuando enterrábamos a mi hermana.

Debo decir que las suyas siempre fueron manos aprobatorias y no justicieras. Nunca burlonas o recriminatorias, y una única vez tuve que refugiarme debajo de la mesa de patas de aluminio del estudio en donde realizábamos la tareas escolares para evitar que me diera una paliza de paletazos de madera. Me imagino que la falta debió haber sido grave porque nunca la vi perder la paciencia ni los estribos.

Sus manos escribían como que si estuvieran tocando el piano, ligerito y con nitidez de ideas y pensamientos. Muchas veces, en lugar de empinarnos largas sermones o filípicas, nos escribía misivas contundentes y filosas, para que las leyéremos en la soledad de la noche, cartas que guardamos como tesoro, alertándonos sobre destinos sentimentales equivocados, caminos que presentía incorrectos, rectificar errores o bien, alertándonos, por ejemplo, sobre ese gen familiar tan desgraciado, el que llevó a la ruina y a la tumba al tío Ramiro, quien en el colmo del vicio del licor se empinaba las botellitas de agua de colonia que su hermana guardaba en el baño para poder calmar así su alma y su pena.

Por cosas del destino, o por haber nacido a destiempo, viví como adolescente la ancianidad de mis padres. Entonces, las manos bailarinas y coquetas de mi madre se habían convertido en pequeñas manos de iguana, arrugadas y manchadas. Las recuerdo, serviciales y abnegadas a la vejez de mi padre, amorosas. Iban tomados a las de mi padre como lo habrían hecho de novios, rumbo a oír misa a Santa Clara y luego, atravesando la calle para entrar a la Lutecia a comprar los dulcísimos bombones de turrón y fondán rosado que engalanaban la mesa del domingo.

Su manos siempre me hacen falta, y en mayo, más. Daría el mundo entero por tenerlas un ratito entre las mías, acariciarle sus falanges huesudas, sus pequeñas manos de iguana. Tenerlas cerca y no dejarlas escapar para contarles despacio, las mil y una cosas que han discurrido en este tiempo, en mi vida. Falta, y mucha.

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