Miércoles 26 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Tierra, agua, libros

follarismos

— Raúl de la Horra
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Extraña y emblemática convergencia la que se dio ayer con la celebración del Día mundial de la Tierra y el Día mundial del Agua. Y aunque el aniversario de este último tuvo lugar el 22 del mes pasado, lo cierto es que se prolongó durante un mes debido a la marcha multitudinaria campesina que recorrió parte del territorio nacional para invitarnos a reflexionar sobre los problemas del agua y para exigir, desde la Plaza de la Constitución, que el Congreso adopte con prontitud medidas para legislar ese bien común que se está haciendo cada día más escaso y que en nuestro país, tal y como sucede a menudo con otros bienes sociales, en particular con las tierras productivas, ha sido objeto de la rapiña de los poderosos. Pero esas dos fechas de ayer, tan imbricadas con el futuro del Planeta, se ven engalanadas hoy sábado por los festejos (más bien personales y silenciosos) en honor de ese otro bien común –­también precario, caro y escurridizo–, que es el Libro y la lectura, así como todo lo que ello implica.

Al afirmar que hay bienes comunes a los seres humanos tales como la tierra, el agua, el conocimiento, ello suena estupendo en abstracto y nadie pondrá el grito en el cielo. Pero si hablamos de forma concreta y decimos tierras, aguas y conocimientos, la cosa se complica porque por lo general la tenencia y distribución de las tierras, de las aguas y de los conocimientos, en las sociedades semifeudales como la nuestra, es un asunto que se rige no por las nociones modernas del bien común en abstracto, sino por las creencias y prácticas neoliberales que giran alrededor de la noción de propiedad privada de los medios de producción: las mejores tierras están concentradas en manos de una ultraminoría (que, generalmente las ha obtenido de manera poco clara o poco honesta), el uso de las fuentes de agua, de los ríos y en general de los recursos acuíferos está determinado sobre todo por los intereses de los grandes finqueros e industriales en detrimento de las necesidades de los otros habitantes. La formación escolar y universitaria (como el desarrollo o no del interés por los libros y por la lectura) está también cada vez más en manos de la iniciativa privada, sin el debido control o supervisión del Estado, con el consiguiente deterioro y baja calidad del nivel escolar y académico en particular, y cultural en general. E igual sucede con otros bienes que la constitución garantiza en abstracto, como son los de la salud: si luego no tienes con qué pagar los servicios de un hospital privado, pues te mueres. Acá, vivimos aún en el “Far West”.

En diversas ocasiones dije que el mundo que le heredaríamos a nuestros hijos y a las futuras generaciones, si no tomamos medidas inmediatas y eficaces, será un mundo de deforestación, de sequía, de tragedias climáticas, de sobrepoblación, de hambre, de pobreza, de violencia, de incultura. Es decir, una especie de pastel de mierda estrellado en el rostro de nuestros amados hijos. Esto lo escribí la primera vez hará quince años, cuando éramos menos de nueve millones de habitantes. Desde entonces para acá no se ha hecho nada decisivo ni visible para resolver los problemas sociales más ingentes y somos casi diecisiete millones de personas. Me gustaría esperar que manifestaciones como la de ayer y las que vienen logren todavía cambiar el cauce de las cosas, así como me encantaría que los libros y artículos que escribamos al respecto y también sobre otros temas puedan despertar la conciencia de muchos. Pero me temo que sea ya demasiado tarde, aunque sería fabuloso, claro que sí, estar totalmente equivocado.

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