Sábado 17 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Los desorientados (2)

Viaje al centro de los libros

— Méndez Vides
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La novela Los desorientados, de Amin Maalouf, no presenta dificultades de lectura. La narrativa es diáfana, y la estructura no es compleja, aunque tras la aparente facilidad hay recursos técnicos arriesgados y bien logrados, como el salto constante de la tercera a la primera persona gramatical. El narrador cuenta lo que ocurre como ser omnisciente que todo lo ve y describe, pero salta a cada momento a una libreta en la que Adam (como el primer hombre que relata la Biblia, aunque en este caso él se ha propuesto no tener descendencia para que se extinga su linaje) va anotando su pensamiento, porque como historiador reflexiona mejor escribiendo. El cambio es fluido, creíble y las dos voces alternan bien, se complementan. Los dos niveles enfrentan realidad con conciencia, y no llega a la dificultad clásica de Faulkner que añadía abiertamente un tercer nivel de conciencia, pensando sobre lo que pensaba, como auto juzgarse. Maalouf lo satisface de manera natural dentro de la reflexión escrita.

La novela es la historia de un grupo de exiliados, porque hasta quienes viven en el Líbano fueron expulsados de otra parte o eligieron voluntariamente la reclusión en un monasterio contemplativo, mientras los demás viven repartidos en diversas latitudes del mundo: París, Brasil, los Estados Unidos o los países árabes. La novela es la preparación para una reunión de amigos que no se han visto en décadas, luego de escapar de su patria tras el estallido de la guerra del Líbano. Adam los reúne en homenaje a quien se quedó, transó con las autoridades, se enriqueció y murió siendo juzgado y mal querido por sus antiguos compañeros de universidad.

Lo relevante no es la realización de la reunión para la que se prepararon en las primeras 500 páginas, sino el proceso de descubrimiento porque “Nuestro destino es que nos traicionen nuestras creencias, nuestros amigos, nuestro cuerpo, la vida, la historia” La preocupación de los amigos en el nuevo milenio es que durante el siglo XX todo pareció ser una lucha entre la devoción por los ideales del comunismo y la reacción anticomunista. Las revoluciones movieron al mundo, pero las cárceles de Stalin fueron crueles como las de los zares, y de donde sale que “Los que pregonan la revolución deberían demostrar de antemano que la sociedad que van a fundar será más libre, más justa y menos corrupta que la ya existente”. Queda un sinsabor en el paladar. Los desorientados regresan nostálgicos a la patria, para entender de inmediato que “Ya he tenido mi cuarto de hora de melancolía. Vine, vi y me llevé un chasco. Ahora, en marcha.”

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