Martes 25 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Panama Papers

follarismos

— Raúl de la Horra
Más noticias que te pueden interesar

Me pasa con los asuntos de economía lo mismo que con las habilidades para el dibujo: tengo una edad mental de tres años, es decir, no pego una, no logro hacer ni la “O” con un canuto. Mi relación con el mundo del ahorro, por ejemplo, es tan primitiva como la que tiene un campesino de la selva con los haberes escondidos debajo del colchón, de modo que mi contacto con las oficinas bancarias se reduce al mínimo necesario y es de una abierta y decidida desconfianza. Por lo tanto, comprender –lo que se dice comprender– los grandes arcanos de la economía y las sofisticadas piruetas que hacen las gordas fortunas para darle una apariencia de legalidad a los capitales que acumulan, es algo que escapa a mi entendimiento. De allí las dificultades que tengo para captar las implicaciones y las consecuencias de los ahora famosos “papeles de Panamá”.

Pero tampoco soy bruto y entiendo que vivimos en sociedades cuyas reglas supremas son la expansión de los mercados y de los capitales antes que el bienestar de los que los soportan y producen, que son los trabajadores. Claro, existe la simpática teoría neoliberal del “derrame”, que propugna que cuanta más plata acumulen algunos, y cuantas más personas haya con mucha plata, más dinero se derramará sobre las cabecitas piojosas de los necesitados y de la sociedad entera, arrastrándonos así a todos, casi automáticamente, hacia un bienestar cada vez más grande. Pero la experiencia tanto local como planetaria nos muestra que dicha teoría y otras afines tienen la misma lógica y la misma eficacia que las creencias en Santa Claus y en el Señor de Esquipulas.

Otra regla importante y complementaria que marca el juego en nuestras sociedades volcadas hacia la búsqueda individual de la ganancia máxima por parte de los poderosos, es la de reducir al mínimo las funciones y el poder del Estado para que este pueda ser utilizado, por activa o por pasiva, en beneficio de los intereses particulares más fuertes cuya prioridad, obviamente, por mucho que lo afirmen, no es la de satisfacer las necesidades generales. De modo que la ecuación que defienden esos grandes capitales se convierte en una suerte de letanía mental que inspira su actuar político, económico y social: “Contra menos fuerza tenga el Estado, más libertad y más beneficios para algunos. Y contra más beneficios para algunos, menos Estado y menos fiscalización”. Así las cosas, no nos sorprende que tres de las obsesiones más frecuentes de los adinerados de toda especie sean: pagar lo menos, evadir impuestos y colocar su pisto en paraísos fiscales para pasárselo bomba.

No es fácil saber de dónde salieron o cómo se crearon las grandes fortunas. En algunos casos –pocos–, el origen es reciente, claro y honesto: buena suerte, trabajo y suerte de nuevo (aunque esto de la “suerte” nos daría para diez horas de discusión). Pero en su gran mayoría, la historia humana nos muestra que el origen suele ser oscuro, enredado, resbaloso y maloliente, presuponiendo actos de despojo, de violencia y de oportunismo, así como braguetazos, chantajes y engaños de lo más lindo, siempre con la bendición de las iglesias.

Queda en todo esto un aspecto cómico y penoso a la vez: cuando la televisión se acerca a los notables cuyos nombres aparecen en los papeles de Panamá, cada uno se asombra, se indigna, se santigua y se rasga las vestiduras, alegando inocencia. Pues aunque sea por una vez en la vida, usted que me lee y yo, ciudadanos de a pie y sin fortuna, considerémonos privilegiados por no figurar en esa lista, y gritemos de alegría, partámonos de risa y suspiremos aliviados.

Etiquetas: