Sábado 22 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Circunvalar

buscando a syd

— Maurice Echeverría
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Gente que quiere hacer pisto sin haberlo acumulado; que quiere generar mérito sin haberlo conseguido; que quiere poder de la noche a la mañana, sin los pasajes del caso. Y cuando la circunvalación se cae, entonces el circunstante huye: como el ex presidente Serrano, que partió, a dónde más, a Panamá.

Panamá, paraíso de los paraísos fiscales.

De acuerdo: no todo lo que ahí ocurre es mierda ilegal, pero ciertamente no todo lo que ahí ocurre es un néctar de decencia. Producir y mover billete inteligentemente es quizá una virtud, pero en lo personal creo que ciertas fortunas son de sí obscenas, y que ser político y sacar dinero del propio país es ya bastante impresentable.

Pero incluso más allá de estos criterios, es obvio que hay cosas en el offshoring negras, negrísimas. Del offshoring formal al lavado, por lo menos indirecto, hay un paso corto, un breve paso de ballet.

Esta película, la del bypass fiscal, es una película que podría filmar el director Adam McKay, el de The Big Short. Él podría como nadie revelarnos todas las cábalas de sus protagonistas: los clientes capitalistas como gordos Harpagones; los corredores financieros en su proxenetismo loco; los abogados y bufetes veloces y timadores; los políticos tramposoides; y luego los meros meros ilegales.

Aparte de lo vergonzoso del leak como tal para una empresa como Mossack Fonseca –que no nos permite descartar una lucha corporativa de altos niveles en el origen de todo este escándalo– lo que nos muestra esto de los Panama Papers es que estamos viviendo, a nivel planetario, en la pura liminalidad ética. Todo ese circuito fiscal periférico es indigno, no necesariamente por ilegal, sino por sostener un formidable sistema estamental de privilegios que da la espalda a la necesidad de incontables seres. Sin contar que a veces sí entra en connivencia directa con el crimen global, y hasta con industrias probadas de muerte y sufrimiento.

Una cosa da esperanza, al menos, y es que las estructuras de pliegue están recibiendo golpes ya muy duros. Cada vez más arduo resultará a estas estructuras subsistir herméticamente en la era informacional y en la era de lo abierto (porque el periodismo alcanza niveles virtuosos de coordinación investigativa, por un lado, pero además porque hay otros intereses, que no son periodísticos, que recurren al leaking como estrategia).

No es cuestión de eliminar la propiedad privada, por supuesto, ni la riqueza. Pero sí de hacerla observable, rastreable y garante, en cualquier momento dado. Así como existe la llamada huella del carbono para medir nuestros gases de efecto invernadero, debiese existir una huella de integridad verificable en toda concentración de capital. Que tomara en cuenta factores como su procedencia, su movimiento y su destino. Un índice podría reconocer la disponibilidad de cualquier dinero para elevar el bienestar planetario, en contraposición a esconderse en compartimentos compulsivamente distantes del escrutinio público y los compromisos fiscales. El dinero, aparte de su valor económico, mostraría un valor certificable de moralidad, consciencia y solidaridad –o, en su defecto, de sus infames contrarios.

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