Sábado 16 DE Febrero DE 2019
La Columna

El deshierbador

SOBREMESA

— María Elena Schlesinger
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El desyerbador o quitamontes llegaba después de las lluvias de mayo, cuando los primeros aguaceros habían refrescado el ambiente, haciendo reverberar los montes, gramillas y malas hierbas que crecían frescas y libres en los resquicios del empedrado y por entre las rajaduras de las banquetas del callejón.

En el mes de mayo, justo después del avistamiento de los azacuanes desde la torrecilla del mapa en relieve, llegaba César, el desyerbador. Era asunto cantado, ya que el abuelo anticipaba su llegada a la hora del desayuno, mientras leía el periódico y remojaba la cúspide enharinada de su mollete en la taza azucarada de café. “Mañana vendrá César a limpiar los montes de la calle” advertía Dámaso al pleno de los comensales, como el presentador del circo gitano o el cantor de la lotería de los ciegos. “El periódico de hoy trajo la primicia, los azacuanes pasaron ayer por la mañana anunciando la lluvia”.

Sin fallar el cálculo, al día siguiente, César se presentaba en la casa. Tocaba el vidrio de la ventaba de la sala varias veces con el nudillo, como lo hacían los marchantes indígenas, los vendedores de escobones, cubrecamas estampadas con pavorreales y flamingos, y los mercaderes descalzos que llegaban con su cargamentos de ollas, jarillas y bacinicas de peltre vendiendo de casa en casa. Tocaban así, por pena, costumbre o recato, no sé, pero César, envalentonado por la confianza que dan los años, se atrevía ir más lejos, y tocaba tres veces con el tocador de manita de león que adornaba la madera de la puerta de calle.

“Dígale al señor, por favor, que ya llegó don César”, decía con vos fuerte y clara a Manuela, la sirvienta, quien ya tenía en la punta de la lengua las órdenes dictadas por el abuelo: “Que comience a desyerbar la calle porque ya parece los pastizales de Corona; que arranque el jilipliegue de las baquetas porque él ya no aguanta a las viejas que vienen a recogerlo en la mañana para sus lindos canaritos, y que no se olvide de arrancar la manzanilla ni la verdolaga que crecen alrededor del poste del alumbrado público”.

César no era ningún papo, contaba mi madre, y antes de ponerse el sombrero de paja y extraer de su costalito de brin su instrumental de trabajo, un chaye enorme y puntiagudo, culo de botellón de vino tinto, color verde mar, y un punzón oxidado, le advertía a Manuela que sus honorarios habían subido ese año por cuestiones del agua caída del cielo, ya que las lluvias se habían anticipado y hasta milpa crecía en medio del callejón empedrado: “Fíjese no más usted, Manuelita. Allá el señor si desea que le trabaje”, gritaba César, para que oyera el abuelo.

“Que comience a trabajar y deje de alegar”, gritaba Dámaso desde su despacho, en donde cada mañana se entretenía guardando sus pequeños tesoros del día anterior: los hules que llegaban aprisionando los legajos oficiales, el cáñamo del empaque de los merengues horneados del pastelero francés, y los sobres rotulados con plumón de tinta sepia con letra perfectamente cursiva, de la correspondencia procedente de algún banco o llegada de ultramar. Sobres que despojaba de su estampilla con la ilustración del templo de Minerva o de algún navío de guerra, que guardaba en una cajita de madera con olor a nogal, y, el sobre, cuidadosamente planchado con la mano, en la primera de las gavetas de su escritorio de cortina, listo y dispuesto ya, para volverlo a utilizar.

“Que comience a trabajar ya o no le pago el día completo”, añadía con vos firme, desde su despacho, un pequeño recinto a la entrada de la casa, con piso con arabescos de alfombra y ventanita de luz que daba al patio de los geranios y el guayabal. (Continuará)

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