Viernes 22 DE Noviembre DE 2019
La Columna

Semana Santa antigüeña

SOBREMESA

Fecha de publicación: 28-03-16
Por: María Elena Schlesinger

La Semana Santa es una fiesta en La Antigua Guatemala. Me costó comprenderlo, pues venía de un hogar católico particularmente asceta, en donde las normas dictadas por la Iglesia se seguían al pie de la letra, con viernes santos repletos de prohibiciones, porque no podíamos encender la radio para escuchar música el día en que murió Jesucristo, porque era una falta de respeto. No era una opción quedarnos en casa para dejar de rezar el vía crucis en la iglesia, hincados delante de los pasos que marcaban el camino del Gólgota. Era, también, una orden rezar el Credo a las tres en punto de la tarde, y, por supuesto, la dieta del viernes de pasión era frugal, a base de pescado o en su defecto, huevos salpicados con un poquito de perejil.

Sin embargo, la fiesta vino con el matrimonio, pues me casé con un antigüeño y en este aspecto no hubo acuerdos matrimoniales anticipados ni posibilidad de discusión o de socializar el tema: “La Semana Mayor la pasamos en La Antigua y punto”, fue el convenio, por lo que para mí, he de confesar, se inició una feliz readecuación de mis antiguas costumbres cuaresmales, a otras de entrañable carácter familiar, espectacular y festivo. Semana santas increíblemente alucinantes, capaces de sorprender y conmover, hasta el más radical de los ateos, porque a lo largo del tiempo y las vivencias he llegado a comprender que la gracia de la Semana Santa antigüeña es que sobrepasa el carácter religioso-devocional original, para convertirse en una experiencia social e identitaria, la más importante de la ciudad y para sus habitantes, y de los cientos de seguidores que se unen cada año, haciéndola suya, como la familia amatitlaneca con la que por muchos años tuve el gusto de compartir nuestro espacio en la calle para elaborar alfombras. El Viernes Santo ellos viajaban desde el lago con su cargamento de geranios y rosas para elaborar en familia su espléndida alfombra devocional a Jesús de La Merced.

He de confesar que me he unido íntegramente a la fiesta antigüeña de la Semana Santa y que mis hijas la han hecho suya con toda la naturalidad y el gusto del mundo, por su situación y arraigo y porque la devoción y la fe se maman en casa, como algo natural, sin imposición y sin quererlo, y porque el caso de La Antigua es muy particular por su tradición, llena de signos y parafernalias, uniformes morados, incienso, música de marchas procesionales, aromas, sonido de campanas y matracas, gastronomía propia y experiencias vivenciales, época que trae y convoca a la ciudad a los que han emigrado, así como a turistas nacionales y extranjeros.

Siempre hay algo que me sorprende en La Antigua en estos días de la Semana Mayor, que por pequeño que sea, me confirma el poder de re-creación de esta fiesta, cuya esencia es la misma, de carácter religioso pasionario. Este año me sorprendieron, por ejemplo, los ramos fabricados con palma con altares en miniatura, coloridos y plumosos, como los estandartes de las cofradías. Verdaderas obras de artesanía local, o el cantante de música religiosa, con micrófono en mano, cantando sus últimas composiciones disfrazado de Hermano Pedro. O el bellísimo sagrario de la Catedral, inflado de cortinajes y ángeles barrocos, así como la impresionante alfombra devocional realizada con miles de verduras y hierbas como tributo a Jesús Nazareno de la Merced.

Lo más importante de la Semana Santa antigüeña es el poder de convocatoria religioso, social y familiar. Porque para participar por ejemplo en la hechura de la alfombra para el Nazareno, lanzarle pétalos de rosas a la Virgen María, compartir túnicas y cargar el Santo Entierro, no importa el credo, la religión, el estrato social o la creencia política, porque la fiesta invita a todos, une, hermana de negro o morado, y todo el que responde, lo disfruta y siente al máximo.