Domingo 24 DE Marzo DE 2019
La Columna

Enfermitos

follarismos

— Raúl de la Horra
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Cada quien juzga según su experiencia, y esta comprende los valores, las creencias, las expectativas, las aspiraciones, los intereses, las metas y los miedos aprendidos tanto en el seno de la familia y en el medio social en el que uno se desenvuelve, como también a través de la formación escolar, las influencias intelectuales y afectivas recibidas, y finalmente gracias a las experiencias positivas o negativas que han marcado nuestra existencia.

Lo que hace que en sociedades tan fuertemente desiguales y divididas en clases, estratos y modos de vida contradictorios e  incomunicados entre sí como en la nuestra, eso que llamamos  “experiencia” –que por un error cognitivo confundimos con “la realidad”–, si uno no la nutre con la debida apertura, inteligencia y conocimiento, se convierte entonces en una vivencia enrarecida y rígida, es decir, en una enfermedad propia de personas que viven aisladas en su burbuja alucinatoria confundiendo la parte con el todo, o lo que es lo mismo, SU realidad con LA realidad. Y es a esta enfermedad mental de orden disociativo a la que se denomina “esquizofrenia”.

Ya ustedes lo habrán intuido: son cabalmente los prejuicios –ese fenómeno que mencionábamos las semanas anteriores–, los que aparecen a todas luces como uno de los síntomas característicos de una enfermedad que si se trata del plano individual exige particulares cuidados psiquiátricos y largas sesiones de psicoterapia, pero que en el plano social resulta casi imposible de neutralizar debido a su carácter grupal y a los beneficios que conlleva al justificar nuestra visión deforme y delirante del mundo para proteger nuestros privilegios ante la amenaza –imaginaria o real– de un mundo hostil.

Por supuesto, el enfermito de esquizofrenia necesita racionalizarla, y para ello lo más lógico es que se fabricará una teoría y una imagen del “enemigo” a combatir. De manera que, según los delirios y miedos que vayan surgiendo en función de las coyunturas sociales y políticas del momento, el enemigo podría ser una persona (un testigo protegido o un embajador, por ejemplo), o un grupo (los “izquierdistas”), o una etnia (los ixiles, los quichés o los cakchiqueles), o una institución (la oficina de Derechos Humanos o la CICIG), o un Estado (los Estados Unidos, Suecia o Noruega).

Pero no nos creamos indemnes. De esta psicosis generalizada, pocos se salvan. En la interdependencia infernal que va de las clases altas a las bajas, de los ricos a los pobres, de los colonizadores a los colonizados, de los ladinos a los indios, de las zonas urbanas a las rurales, de los gobernantes a los gobernados, y del Estado a la Sociedad Civil (y podríamos hacer el recorrido a la inversa), la enfermedad que nos corroe y corrompe afecta todos los poros, absolutamente todos los rincones y todos los estamentos. Es un padecimiento racional y afectivo que nos impulsa a fingir empatía y solidaridad para con “los nuestros”, y  que nos empuja a manifestar rechazo visceral –activo y pasivo– contra aquellos que inevitablemente constituyen la otra parte –no integrada– de nosotros mismos.

¿Cómo salir de esto, cómo lo superaremos?  No tengo la más mínima idea. Tal vez reflexionando, dejando de ser tan primarios y superficiales, abriéndonos a otras categorías de pensamiento y de sensibilidad. Deponiendo el puto ego, haciéndonos más humildes, en fin, qué sé yo. Pero lo dudo. Estas prédicas y consejos llevan décadas y décadas ventilándose por estos rumbos y bueno, ya ven ustedes…

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