Jueves 20 DE Septiembre DE 2018
La Columna

El gran silencio

buscando a syd

— Maurice Echeverría
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El documental de 2005 Die große Stille (en español El Gran Silencio) es un filme invaluable sobre la vida monacal profunda.

Documental desnudo: sin música, sin comentarios, sin entrevistas. El director, Phillip Gröning, pasó a vivir al monasterio de La Grande Chartreuse, en los Alpes profundos, para filmar a un puñado de monjes y captarlos en su quehacer religioso.

En general hacer películas es algo bastante sacrificado. Pero hacer este documental debió ser particularmente tortuoso para Gröning, dado que no había crew que lo acompañase: él mismo hizo todo, sin ayuda ya de nadie.

El resultado constituye una mirada privilegiada a la vida de unos renunciantes cartujos. Resulta que dentro del cristianismo todavía hay personas e instituciones dedicadas a preservar la honda tradición del silencio.

Por supuesto, estamos hablando de un monasticismo muy elevado, no ese de los rituales vacíos. Es una profundidad que se deja sentir en el documental, y no hay que ser cristiano para percibirla.

Admiro a las personas que deciden recluirse y dedicarse por entero a la actividad contemplativa. Parecerá a algunos una actividad egoísta, con todo lo que está pasando en el mundo. Pero es mi sentir que esta gente, en su perfecta intimidad, está afectando al planeta entero. Yo le llamo activismo contemplativo.

Gröning nos da un documento invaluable sobre este tipo de vida y aquellos que la viven (dándonos unos retratos, unas fotografías verdaderamente sobrecogedoras). Pero es que además El Gran Silencio es un documento místico en sí mismo, que nos introduce a un espacio meditacional, a una especie de narrativa primordial.

Dicha narrativa nos muestra, por un lado, lo sagrado como manifiesto y sensible, a través de una composición elemental de luces naturales y sonidos puros (dice el director que es una película callada, no silente). Como Lubezki en The Revenant, Gröning se abstiene de usar luz artificial.

Poco a poco entramos a un ambiente y naturaleza sentidos, con paisajes sublimes, en donde el tiempo reina primigenio, con sus ciclos y estaciones. Y a este tiempo natural se agrega el tiempo del monasterio con sus ritos y su cotidianidad sagrada: los ritmos religiosos y naturales se confunden.

En el zen se dice: “Antes de la iluminación, corta madera y carga agua; después de la iluminación, corta madera y carga agua”. A la par de los ejercicios espirituales, hay toda clase de deberes ordinarios que deben ser realizados. Esta actividad tan concreta parece contrastar con la liviana iridiscencia que se siente dentro y alrededor de las paredes del monasterio. Esta cualidad etérea –que algunos llamarán la luz de Cristo– viene de un lugar sin tiempo, de un tiempo que no tiene lugar. 

En realidad lo más valioso del filme es que nos muestra cómo lo manifiesto y lo inmanifiesto se encuentran en una danza muda que es un silencio de formas preñadas. Lo sensible y lo divino no son dos: el mismo poder que humaniza a Dios, diviniza al hombre.

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