Lunes 24 DE Junio DE 2019
La Columna

Prejuicios

follarismos

Fecha de publicación: 05-03-16
Por: Raúl de la Horra

Jane Elliot, una conocida profesora norteamericana de tez blanca, lanza hace poco a la sala atestada de gente en alguna ciudad de los Estados Unidos: “Me gustaría que se levantaran aquellos de entre ustedes que se sentirían contentos si los trataran igual que nuestra sociedad trata a los ciudadanos negros”. Como nadie mueve ni un dedo, insiste: “Parece que no me han entendido. Repito: si ustedes, la gente blanca que está aquí, aceptaría ser tratada como se suele tratar a los negros, por favor, pónganse de pie”. Silencio absoluto. “Si nadie se levanta –agrega– significa que saben muy bien lo que pasa y tienen claro qué es lo que quieren y no quieren para ustedes. Entonces la pregunta es: ¿Por qué aceptan o permiten que el trato que no quieren para ustedes lo sufran otros?”

Yo también quisiera hacer un experimento similar en las escuelas, en los colegios, en las universidades, en las iglesias, en los cines de Guatemala. Es más, lo hago ahora: que levante la mano aquél o aquélla a quien le gustaría ser tratado igual que nuestra sociedad trata a los indígenas y, digámoslo también, a las mujeres del país. ¿Cuántas manos se levantaron? Probablemente terminaría aquí repitiendo las mismas palabras que la señora Jane Elliot, porque en cuestión de estupidez y de prejuicios no hay fronteras, estamos ante actitudes y creencias basadas en la brutal ignorancia, por una parte, y en el goce de ciertos privilegios –siempre relativos–, por la otra. Los prejuicios son tan persistentes, que fíjense ustedes, en ese país que se considera el gendarme de la democracia y del orden moral en el mundo, las leyes del apartheid contra los negros fueron eliminadas hace apenas más de medio siglo, y todavía, por ejemplo, si un blanco camina por una calle norteamericana con un fusil de asalto al hombro, vendrá algún policía y lo amonestará, pidiéndole que lo guarde; pero si es un negro, le caerán seis radiopatrullas encima y acordonarán la zona bajo la vigilancia de un helicóptero (visto en Youtube).

Y bueno, los prejuicios evolucionan. Por ejemplo, cuando yo era chico y estudiaba en un colegio de curas donde la tercera parte del alumnado eran hijos de finqueros terratenientes, la otra tercera parte eran hijos de industriales y comerciantes acaudalados, y la última tercera parte estaba conformada por diversos sectores intermedios atestados de “wanabe’s”, había un gran desprecio explícito aprendido en casa y en la tribu social contra todos los militares del país, a quienes se solía calificar despectivamente de “cuques” o de “chafarotes”. A los militares en nuestro medio se les veía poco más que como sirvientes, y se consideraba que era una buena profesión tan sólo para aquellos brutos a los que “no les daba la maceta”. Ese fue el concepto prevaleciente durante años. Todavía hace poco, cuando hubo el famoso “Viernes negro” organizado por el general Ríos Montt en la era del presidente Portillo, oía uno con frecuencia a nuestra exquisita gente de derecha echar pestes contra ese militar “shumo”, calificándolo como un verdadero ¡H.D.L.G.P! Y seguramente que muchos hubieran dado lo que fuera por verlo colgando de un poste en una plaza. Pero bastó con que se le procesara por genocidio y que ello trajera el peligro de un juicio similar contra todos los terratenientes y oportunistas que habían colaborado con él en la guerra sucia de los años 80, para que de la noche a la mañana el odiado general se convirtiera en un amado y admirado mártir de la patria, en un prócer de la libertad y en un adalid del anticomunismo. ¡Sorprendentes y cambiantes, en efecto, son los prejuicios a veces!



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