Jueves 1 DE Octubre DE 2020
La Columna

Sobremesa

Ayer

Fecha de publicación: 27-02-16
Por: María Elena Schlesinger

La Cuaresma se recibe en Guatemala cada año con un sinnúmero de rituales, propios de la costumbre y que son tradición entre los católicos que conmemoramos y expresamos así el misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo.

La magia de la tradición nos permite revivir y reinventar el asombro de la época pasada, marcada por la norma sumarísima de una Iglesia católica impositiva y reguladora, que determinó el ámbito social y cultural de un pueblo religioso que aún no se repone del efecto de la conquista española y el choque de dos culturas.

Curas y frailes defendieron los desmanes de los encomenderos sobre los pueblos conquistados, y, sin embargo, con la semilla de la cristianización nos heredaron el “mea culpa” perenne que nos agobia y mortifica, amén de los cargos de conciencia, el pecado y más de una tara por mal entendimiento y vaga implementación. La religión católica, repleta de barreras y dogmas impuestos por la cruz y la corona, se convirtió para el pueblo sojuzgado en material extraordinario para la creación y recreación de quienes aprendieron a sobrevivir, reinventando el mito con el mejor de los ingenios, colorido y arte. Así llegamos a la Cuaresma, que es la fiesta del guatemalteco católico, un pueblo que se identificó con el Nazareno que recorre las calles con enorme cruz a cuestas y mejor aún con el Jesús de San Bartolo del quinto domingo, un Jesús que cayó y le cuesta un mar volverse a levantar.

La fiesta solemne se celebra con procesiones, alfombras de flores y aserrín, como las que hacían los pueblos americanos a los antiguos monarcas indígenas, tapetes de flores y plumas de aves como las que extendían a su paso al malogrado Moctezuma.

La Cuaresma es la fiesta más emblemática, colorida, vistosa y propia que se desarrolla cada año en Guatemala, porque la hemos hecho propia valiéndonos de lo impuesto para hacerla única y entrañable. En Guatemala se inventaron las marchas procesionales, sentimentales y sentidas, pero necesarias para que los cucuruchos no pierdan el paso. Aquí, la Semana Santa es una fiesta, más que una ocasión para la penitencia. El pueblo sometido celebra más la Pasión que la Resurrección, hasta el pescado en salsa cambió por estas tierras tropicales, donde es sazonado con lo mejor de los chiles, el guaque y el arrugado chile pasa.