Domingo 18 DE Noviembre DE 2018
La Columna

El OJ

lucha libre

— Lucía Escobar
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En estos días se están llevando a cabo las elecciones para encontrar a los magistrados idóneos que integrarán la Corte de Constitucionalidad durante los próximos años. Decenas de abogados jóvenes y no tan jóvenes aguardan su turno para participar de este evento que definirá, en parte, al futuro de la justicia de este país.

Llegue a la Corte y me detuve unos minutos en estas microelecciones a las cuales la mayoría de la población no presta atención y, sin embargo, son relevantes. En la Sala Principal de Audiencias se está llevando el Juicio por el caso Sepur Zarco y entre una y otra actividad, parece no haber ninguna relación. Pero ciertamente la hay. Sin magistrados justos y ecuánimes los pocos avances que hemos visto en los últimos años no hubieran sido factibles.

Con esta idea clara retumbándome en la cabeza subí las gradas blancas de mármol y llegué al lobby de la Sala de Audiencias. Faltaban unos minutos para que la sesión iniciara de nuevo y me topé frente a frente a los acusados. Dicta la ley que nadie es culpable hasta que los hechos demuestren lo contrario. Intento pensar en esto y verlos sin ojos de rencor pero su energía es tan densa, que solo puedo verlos como monstruos. Dos hombres que me erizaron la piel por el horror que reflejaban sus rostros. Iguales y completamente diferentes. Uno robusto con las manos grandes y la mirada oscura. Un hombre del campo con la piel ajada por el sol. Otro, aún más tenebroso, con las manos finas y trabajadas, con el rostro rosado y limpio y un cabello recién teñido de negro brillante o quizás un peluquín. Su mirada se me quedó clavada y no accedí al miedo. Lo miré fijamente, de la misma manera que él lo hizo. El me recorrió por completo de pies a cabeza y yo hice lo mismo, pero mi mirada se pausó en sus manos, engrilletadas y al pensar en todas las cosas que esas manos pudieron haber hecho no pude evitar sentir asco. El hombre de traje sastre, entonces perdió la partida y bajó la mirada. ¿Sentirán él y el otro acusado, alguna vez asco de sí mismos? ¿Sentirán asco alguna vez los abogados que los defienden? Pensar en eso también me hace pensar en mí misma. En el lobby de la Sala de Audiencias, además de los acusados, me topé con las fotografías de todos los magistrados que ha tenido este país. Hombre tras hombre tras hombre tras hombre y en medio de ese campo liderado por la testosterona dos mujeres. Una a la cual admiro por lo que ha conseguido y ha luchado y otra, que por amor a su hijo, faltó al juramento inicial. Entonces pensé en mi madre, que logró espacios importantes en ese ambiente liderado por machos. Abogada, jueza y alguna vez magistrada y la amé. La amé no solo por lo que consiguió sino porque siempre me hizo sentir orgullo de llevar su sangre. Porque siempre fue ética, nunca faltó a su juramento. Me mostró que la justicia sí es posible y nunca jamás, en mi estómago, sentí vergüenza, asco o temor por una mala decisión de ella.

Por Mirna, por enseñarme el valor de la justicia y armarme de valor para sostenerle la mirada a violadores y torturadores, esta columna.

 @liberalucha

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