Jueves 20 DE Septiembre DE 2018
La Columna

El señor de los pájaros (2)

SOBREMESA

— María Elena Schlesinger
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La jaula de las aves era una caja de murmullos y de trinos. “Aquí le traigo su cenzontle y su azulejo”, le decía el vendedor de aves a mi madre, de quien heredé mi nahual de pájaro. El señor de los pájaros sacaba cuidadosamente el ave de la pajarera y le cortaba las alas con una tijerita enana, ennegrecida por el tiempo, que llevaba guardada en el bolsillo del saco.

Recuerdo muy bien el martes cuando sucedió el prodigio. Esa tarde llevó a la casa un cardenal, ave preciosa, roja, muy roja, de pequeño copete en la cabeza. El señor de los pájaros lo tomó en sus manos y le sobó la cabeza emplumada como si fuera perro o niño pequeño, le cortó las alas e intentó colocarlo en las losas de piedra del patio para que anduviera libre por su nueva casa, entre árboles enanos, macetones con flores de azaleas, camelias y geranios, con una fuente donde podría beber agua y, por techo, el cielo inmenso y azul. Pero el ave no quiso moverse del guacal que eran las manos del señor de los pájaros, por mas que lo movía para que saltara feliz y habitara su nuevo recinto, el cardenal se negó a saltar, no se movía y permaneció acurrucado entre sus manos. Entonces, el señor de los pájaros lo arropó con sus dedos, le sopló su aliento y le habló en lengua de aves, indescifrable y milenaria, colocándolo de nuevo en el filo de la grada. El pájaro dio un par de brinquitos y se interno en la selva de macetas de geranios, rosa reina y nopal.

Otro día llevó el pájaro que se convertiría en favorito de la casa: pico de pinza, patas de alambre y garras negras filosas. Su cabeza y su lomo eran muy blancas y de plumas muy finas, y de pecho colorado muy fuerte. “Hoy le traje este pajarito”, dijo el señor de los pájaros a mi madre, “tiene el alma tierna y su canto es dulce. Trina una vez en la mañana y otra en la tarde”. Ya sin alas fue bautizado como “el de la puñalada”, por su pecho rojo como la sangre.

Cada mañana se abrían las jaulas a mitad del patio y salían el cenzontle, el cardenal, los canarios, las chorchas, los azulejos, el de la puñalada y un par de coronaditos que llenaban de trinos el lugar, convirtiendo el pequeño patio de la casa del centro en un bosque en miniatura.

En otra ocasión, el señor de los pájaros llegó a la casa con una caja de madera amarrada con mecates y abrió la compuerta superior: “es un tucur” dijo, y vimos aparecer un pequeño tecolote de pico corvo y ojos saltones, dormido porque aun no era de noche. “Es una lechucita”, explicó, y cuando crezca cazará ratones. Sus plumas eran jaspeadas, un pequeño plumero de plumas pequeñitas y blancas poblaba su cabeza. “Dios nos guarde” exclamó mi madre, persignándose al ver al tecolote intentando abrir sus ojazos de canica, parado como loro en el brazo del señor de los pájaros, atado con un lazo delgado de la pata para que no se fuera volando. “No, gracias” agradeció mi madre, “los tecolotes me dan miedo porque dicen que traen mala suerte”, así que regresó a la caja de madera, y mientras lo amarraba con el mecate todavía pudimos escuchar el tucur tucur del tecolote enjaulado, anunciando la muerte.

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