Jueves 20 DE Septiembre DE 2018
La Columna

El día del “amosh”

follarismos

— Raúl de la Horra
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Mañana es un día importante, los comerciantes y la sociedad andan inventando cualquier cantidad de actividades para vender sus productos y mantener a la gente entretenida con ideas y valores que han adquirido popularidad como esto del amor y la amistad que, vaya si son valiosos, quién lo va a negar, pero que suelen derivar en una mecánica formal políticamente correcta expresada en gestos y rituales superficiales como sucede también en los famosos días de Navidad, de la madre, del padre y hasta de la secretaria.

El problema es que estas celebraciones -sobre todo la de mañana- traen consigo una carga grande de creencias acerca del amor y acerca de cómo debería ser o no ser la relación amistosa y amorosa, una cantidad tan exagerada de presupuestos y de expectativas, que luego es fácil decepcionarse al constatar que los comportamientos de las otras personas no corresponden con lo que esperábamos. En general, nuestras ideas sobre el amor y la amistad son ideas más o menos esquemáticas recibidas de nuestros padres y abuelos, pero condimentadas con canciones, películas y telenovelas. Y damos por sentado que, en consecuencia, sabemos todo del amor, cuando en realidad estamos en pañales.

La amistad y la sexualidad, al igual que la actividad gastronómica y otras funciones humanas, tienen una base fisiológica instintiva. Sin embargo, a través de la evolución humana, lo propiamente cultural ha venido a superponerse a la función natural primitiva, de modo que hoy en día todas esas actividades tienen un carácter de habilidades aprendidas socialmente, constituyéndose en un acervo de ideas, suposiciones, prácticas y hábitos susceptibles de curiosidad empírica, experimentación y mejoramiento, como de hecho ha sucedido desde hace siglos con el arte culinario, que dista hoy enormemente de la manera como nuestros antepasados preparaban e ingerían sus alimentos.

Lo he expresado aquí varias veces y se vuelve de actualidad debido al rechazo expresado esta semana por diversos grupos religiosos contra la propuesta de una ley sobre derechos y deberes de los jóvenes en Guatemala que proponía la idea de una  educación sexual estatal. Me resulta imposible entender por qué, tanto la iglesia católica como las evangélicas, propugnan que sea únicamente la familia y no la escuela la que asuma la formación sexual de los niños y jóvenes, cuando está comprobado que cada familia tiene una forma radical de analfabetismo en la materia que hace que lo único que puede transmitir a sus hijos es su propia ignorancia, sus prejuicios, sus temores y sus comportamientos absurdos, como de hecho lo ha venido haciendo desde que  el país existe, por eso estamos como estamos en esta materia, por eso tanta miseria erótica, tanto sufrimiento afectivo, tanta codependencia, tanto abandono, tanta soledad.

El amor y la amistad son demasiado valiosos y demasiado importantes como para dejarlos a la espontaneidad y al libre capricho de las familias. Es como con el inglés: todos reconocen la importancia de que los niños lo aprendan y sería absurdo oponerse a que el Estado o las escuelas lo enseñen, argumentando que son las familias las únicas y las mejor situadas para ello. Si alguien de verdad dijera eso, sería la confirmación definitiva de que no hay nada que hacer, de que el país entero seguirá hundiéndose por los siglos de los siglos, y de que, en efecto, nos merecemos todo lo que nos pasa, sin excepción.

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